El Ministerio del Tiempo y la mitología griega

La segunda temporada de la serie de televisión El Ministerio del Tiempo empezó con brillantez: la aventura de un Cid Campeador impostor que se sacrificaba como un soldado para evitar que cambiase la historia del héroe se cruzaba con el proceso de documentación de la película sobre el Cid que Charlton Heston protagonizó en los años 50.

Anoche tuvo lugar la segunda entrega, en la que un asesino psicópata tiene una puerta del tiempo en un armario y la usa para asesinar a madres solteras en distintos momentos del tiempo. El capítulo sirve además para presentar a Pacino, el personaje de Hugo Silva que ocupará el lugar del pluriempleado Rodolfo Sancho. Éste capítulo incluye una paradoja temporal, ya que se produce un cambio en la historia. Esto ha causado bastante revuelo.

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Hubo otros cambios antes, pero siempre eran en la “pequeña historia” de cada uno de los protagonistas. En este caso, en cambio, se trataba de la línea principal, algo que por fuerza tenía que tener muchos efectos colaterales. Yo no discutiré las elecciones de los guionistas, porque soy fan de la serie y me parece estupenda. Lo que sí quiero reflexionar es sobre el hecho de sucumbir a la tentación de cambiar la historia.

Hubo hace años una serie que se llamaba Claro de Luna, en la que una bellísima Cybill Shepherd y un no menos atractivo Bruce Willis, detectives, mantenían una pulsión erótica que no llegaba a concretarse jamás. Esa tensión entre los personajes era el verdadero atractivo de la serie (la prueba es que hoy, más de treinta años después, es lo único que merece recuerdo).

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En El Ministerio del Tiempo, más allá de las expectativas románticas del personaje de Amelia, la verdadera tensión está en la posibilidad de modificar el curso de la historia y no hacerlo.

Esa circunstancia es la que hace que el episodio del Cid sea uno de los mejores que hemos visto. La tragedia del funcionario del ministerio que provoca accidentalmente la muerte del Cid y decide ocupar su lugar para que la historia no cambie adquiere unos tintes épicos y grandiosos, dignos de la tragedia griega. Es conmovedor. El giro de la historia en que el personaje impostor toma el Cantar del Mío Cid como referencia desesperada para forjar su actuación es simplemente genial.

El capítulo del Cid me hizo reflexionar sobre el tiempo como una especie de dios pagano cuya voluntad está por encima de la posibilidad humana de intervención. Los funcionarios del Ministerio, como el Ícaro de las alas de cera, pueden elevarse hasta las alturas pero sus actos están condenados al fracaso, puesto que el dios Tiempo siempre acaba saliéndose con la suya. Esa lectura convierte al Ministerio del Tiempo en una epopeya griega, un trabajo que cabe ubicar en la categoría de arte mayor.

Es difícil mantener un nivel tan elevado permanentemente, y más en una serie, que debe entregar episodios de una forma regular y metódica. Por eso el siguiente capítulo, en el que Hugo Silva altera sin problemas el curso de la historia, inconsciente de su categoría de héroe griego, defrauda esas expectativas.

Los guionistas aquí sucumbieron al humano deseo de salvar a las víctimas del despiadado psicópata, pero al mismo tiempo abrieron la veda porque, si es lícito salvar a esas 20 mujeres, a pesar de las incontables consecuencias colaterales, ¿qué se podrá alegar contra la posibilidad de salvar a millones asesinando a Hitler en la cuna?

Además, el hecho de que el ser humano sea capaz de cambiar el destino acaba con el trágico fatalismo que dignificaba la vida del Cid impostor. Se trivializa una cualidad épica de la serie por satisfacer un deseo fútil de conseguir un final feliz. Y se pierde esa tensión entre la inexorabilidad del curso de las cosas y el deseo del espectador de cambiarlas cuando ello es posible. Eso es banalizar la serie y privarla de su tremenda profundidad trágica.

Yo hubiera intentado un giro distinto en ese segundo episodio. No sé, podría haberse matado al psicópata sólo para descubrir que las mujeres habrían muerto igual, quizás de otra manera, pero respetando en sus líneas principales las líneas maestras de la historia. El padre de Pacino se hubiera suicidado por otras razones. Pacino habría llegado a 2016 mediante algún otro giro caprichoso.

Esa posibilidad, la de contemplar al Tiempo como uno de aquellos dioses griegos caprichosos y capaz de someter y frustrar los deseos de los miserables seres humanos al tiempo que juega con sus esperanzas, acercaría a El Ministerio del Tiempo a una categoría de serie mitológica griega, lo que sería sencillamente maravilloso. Ahí es nada, recuperar para la narrativa del siglo XXI la figura de los dioses, cuando todos los dábamos por muertos desde el XIX.

 

El Ministerio del Tiempo: una lectura política

ministerio del tiempoMe gusta la serie de televisión de El Ministerio del Tiempo. Es una serie que combina el género fantástico con el de época, usando los viajes en el tiempo sin enredarse con la paradoja temporal. Además tiene tono humorístico, y está muy bien hecha. El viaje a los momentos estelares de nuestra historia es ameno y entretenido. Y eso es un mérito, en un género donde cuesta poco ponerse mayestático y solemne en perjuicio de la pura diversión.

O sea, que queda claro que creo que El Ministerio del Tiempo es una gran serie, al menos en sus tres primeros episodios, que son los que se han emitido cuando escribo estas líneas. Y es grande, aparte de por las cosas citadas hasta aquí, porque da pie para reflexionar a partir de la materia prima que proporciona.

Uno de esos pensamientos que me da vueltas es la propaganda última que la serie puede contener, interpretada en términos políticos.

No descubro nada nuevo si digo que las manifestaciones deportivas se usan como vehículo de difusión de discursos políticos. Y es así aunque es lugar común decir que la política no debe mezclarse con el deporte. Los éxitos deportivos de un país se usan políticamente como elementos de exaltación nacional. La televisión enfatiza esos éxitos deportivos como una especie de certificado de mérito del país en su conjunto. Gracias a ellos la gente se identifica con su bandera y con su himno, y se sienten parte de algo que merece la pena. Y los países que son punteros en el ámbito deportivo usan su hegemonía como un símbolo de una superioridad de índole más general, que muy a menudo es verdadera.

Las manifestaciones artísticas también incluyen mensajes políticos. El cine americano ha hecho más por la colonización cultural de los pueblos del mundo que sus propios ejércitos. Nos han hecho admirar su democracia y sus instituciones, los valores de su cultura, sin dejar de recordarnos la superioridad de los marines americanos en todo tipo de hazañas bélicas. Y nos han mostrado con crudeza qué les ocurre a aquellos pueblos que eran un obstáculo a la expansión de su modo de vida, como aquellos infortunados indios de tantas películas del Oeste.

Así que, visto que todas esas manifestaciones humanas pueden, y de hecho suelen impregnarse de propaganda, me puse a pensar en qué podía resultar propagandística mi serie favorita de televisión. Mi punto de vista acabó resumido así, en un tuit:

Para mi sorpresa me replicó Paco López Barrio, guionista de la serie:

Pensé un rato sobre esto, porque a priori parece un argumento razonable. Pero si lo piensas bien, esa frase es profundamente pesimista. Un optimista podría pensar lo contrario, que nuestra historia podría haber sido mucho mejor con solo un par de retoques aquí o allá. La única virtud – llamémosle así – de nuestra historia es que ya la conocemos, y en ese sentido sí que podría darle la razón al subsecretario.

Y aquí vengo a la argumentación en términos políticos que prometí en el titular de este texto. Durante los últimos años hemos tenido un gobierno muy de derechas. Pero no es solo el gobierno: una omnipresente propaganda neoliberal ha conseguido calar incluso en personas que, por su circunstancia social, no deberían ser fans del liberalismo.

Estos propagandistas nos han vendido la certeza de que nada puede ser mejor de lo que ha llegado a ser, con sus vicios y sus virtudes. Es eso. Nada podemos hacer. El mercado funciona automáticamente: donde pueda optar entre beneficio y justicia, se decanta por beneficio. La pobreza existe, lamentablemente. Y así con todo.

En la serie, un ministerio entero se preocupa de mantener, fijar y dar esplendor (al modo de la Real Academia de la Lengua) a la historia que ha hecho de nuestra nación lo que es hoy, y eso a pesar de que lo que es hoy España no es en absoluto algo para andar tirando cohetes. Pero es igual; “podría ser mucho peor”, y eso es razón suficiente para luchar contra viento y marea contra cualquier cambio.

Quizás en otros tiempos, con otras ideas y utopías campando por las mentes de la gente, esta serie se podría plantear al revés: qué sería esta España si este o aquel acontecimiento que inclinaron el rumbo de la historia hubieran podido evitarse o desenvolverse de alguna otra manera. Imaginar otras Españas hipotéticas; mejores, si puede ser, ya que nos ponemos a imaginar. Imaginar una España sin la Inquisición, sin Fernando VII, sin la guerra de 1936. Todo un desafío para un grupo brillante de guionistas como los de El Ministerio del Tiempo.

Seguramente esta otra versión de El Ministerio del Tiempo no hubiera obtenido el visto bueno para llegar a buen término. Los que nos gobiernan prefieren que nada cambie, y, mejor aún incluso, que nadie albergue la esperanza de que algún cambio sea posible. Y solo faltaría que una serie de televisión incluyera propaganda de sociedades utópicas e hipotéticas, diferentes de todo esto que tanto trabajo ha costado grabar en la conciencia de la gente.

Pero bueno, nada esto es responsabilidad del brillante equipo que ha creado El Ministerio del Tiempo, al cual no quisiera dejar de felicitar otra vez desde aquí. Ya dije que me encanta la serie, ese rato de ensoñarse en una historia fantástica y tan bien trenzada. Lo que no me gusta es el signo de los tiempos, pero ¿a quién puede importarle eso?

Libro: Los padres pródigos, Sinclair Lewis, 1938

Los padres pródigosSinclair LewisEste es un libro antiguo. El ex-libris tiene fecha de 1976. La foto evidencia que el papel es ya algo más que amarillo. La letra es muy pequeña y los márgenes escasos.

Lo leí con diecisiete años, en una época en que leía compulsivamente. Leía tan absorto y ávido que a veces no estaba seguro, y al retroceder unas paginas con frecuencia confirmaba alarmado que, efectivamente, había párrafos que parecían puestos allí a posteriori.

Aquella primera vez me impresionó la originalidad de la idea, que invertía los papeles de los protagonistas de la parábola del hijo pródigo de la Biblia. En esa época me fascinaban los puntos de vista insólitos. La originalidad. Tomar una premisa absurda y desarrollarla con ingenio.

La idea de unos padres marchando del hogar, descarriados, y volviendo al cabo de un tiempo contritos y arrepentidos me tuvo que resultar chocante, porque al fin y al cabo, en aquel momento yo era más que nada hijo, y adolescente. Me pareció una broma estupenda de Sinclair Lewis.

También recuerdo haber resonado con la idea de escapar de las responsabilidades, algo que no me sorprende, siendo como era tan joven. Uno se da cuenta de que debe crecer pero a ratos el papel le queda grande.

El caso es que ayer encontré el libro por casa y decidí echarle un vistazo. Esto ya lo hice hace unos años con Ana Karenina, y me impresionó tanto que hasta escribí una canción conmemorativa.

Quiero decir, que es toda una experiencia volver, pasados los cincuenta, a repasar aquello que te impresionó entre los quince y los venticinco. Es posible que uno encuentre infumable algo que le pareció radical y brillante (El libro de los sueñosJack Kerouac, por ejemplo). Pero también puede que con la iluminación del nuevo escenario se obtengan revelaciones inesperadas.

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