Cervantes dando estopa a Avellaneda

quijote2
Queridos seguidores y amigos, ya hemos empezado el segundo volumen de El Quijote. El tuit 8095 marcó el fin del primer libro, y el principio del segundo:

//platform.twitter.com/widgets.js  Y el prólogo empieza en el tuit 8188, una vez pasados los prolegómenos legales, la fe de erratas y la aprobación y el privilegio:  

//platform.twitter.com/widgets.js

La dedicatoria, que en el primer volumen precede al prólogo, queda ahora en segundo lugar, urgente como le resulta a Cervantes defender su obra de los comentarios insultantes sobre él que el autor de una segunda parte de El Quijote había vertido en su libro.

Cervantes demuestra una meditada contención a la hora de referirse a Avellaneda, el autor del Quijote apócrifo. Por las palabras de Cervantes, parece que Avellaneda fue especialmente áspero y bravucón al referirse al autor del Quijote original, cosa que puedo entender perfectamente, ya que hoy día también se usa el trolleo para obtener relevancia social (y dónde más que en Twitter). En su papel de autor reputado y por tanto en otra dimensión de la discusión, mal que le pesase a su interlocutor, Cervantes prueba a ser un caballero y mantener trabada su ofendida dignidad de soldado, y de hecho lo consigue, al menos al principio: hay una queja doliente y digna sobre el reproche de ser viejo y manco. Me gusta mucho cómo se defiende de la acusación de vejez:

…como si hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo…

y más aún la defensa de su mano inútil, no viendo en ella más que un motivo de orgullo:

… como si mi manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros.

A mí me resulta entrañable el viejo soldado y su fiero orgullo que defiende sus heridas junto con las miserias a las que como soldado se ha visto abocado en su vida militar, pero que en ningún momento le hacen perder su convicción acerca de la rectitud de su actitud ante la vida:

El soldado más bien parece muerto en la batalla que libre en la fuga

Y a continuación afea a Avellaneda, con suma contención, que le acuse de envidioso, y le recuerda que él admira a Lope de Vega, y que Lope de Vega también consideraba buenas sus novelas. Tras contenerse durante dos páginas, por fin Cervantes no puede aguantarse más y le reprocha a Avellaneda que se presente

… encubriendo su nombre, fingiendo su patria, como si hubiera hecho alguna traición de lesa majestad.

Y usando dos pequeños cuentos, ridiculiza las pretensiones de Avellaneda de ser capaz de hacer un libro capaz de darle dinero y fama (comparándole con el loco que infla perros soplándoles por el culo) y le niega todo tipo de talento para escribir (con la otra historia del loco que se dedica a apedrear perros hasta que el dueño de uno le da una paliza). La asociación nada sutil de las figuras de perros y locos con la persona del autor del apócrifo es lo más cerca que Cervantes se pone de una agresión verbal. En estas historias usa todo su talento para el género picaresco, dejando patente la fiereza que se mantiene agazapada detrás del artificio de las letras: no quisiera yo haber estado en la piel de Avellaneda si se hubiera producido un encuentro frente a frente.

 

Supertramp y Boig per tu: el azar


No me lo creía cuando me dijeron que seríamos los teloneros de Supertramp. La noticia tuvo que ocurrir a finales de 1985, porque la gira de Supertramp fue durante la última semana de Enero de 1986.

Nuestro grupo se llamaba Banco, y lo formábamos Rosa Caparrós (voz), Michel González (bajo), Salva Aparici (batería) y Diego Buendía (guitarra). También venía como teclista Pep Sala, que al año siguiente formó el grupo Sau, junto a Carles Sabater.

Preparativos de la gira

El plan era ir con una furgoneta a San Sebastián, Bilbao, Madrid y de vuelta a Barcelona. Tocaríamos con el equipo de sonido de Supertramp, de modo que sólo teníamos que llevar nuestros instrumentos y amplificadores. Unos días antes del comienzo de la gira, Michel, nuestro bajista y mánager, me dijo que no iba a ser exactamente así: los técnicos de Supertramp nos dejaban solo la etapa de potencia, pero no la mesa de mezclas. De hecho, a mí me había parecido muy extraño poder usar la mesa de mezclas de Supertramp. ¿Cómo iban a dejarnos modificar los centenares de controles de sus ajustes para establecer los nuestros? Tendrían apenas un rato para devolverlo todo a su configuración inicial. No tenía sentido.

Así que hubo que improvisar. De pronto, teníamos que llevar una mesa de mezclas propia, y una caja de herrajes para nuestros micrófonos, y una manguera enorme para los cables. En la furgoneta no había sitio; la mesa de mezclas pudo colocarse sobre la baca del vehículo, pero definitivamente los cables y los soportes de micro no cabían. La manguera iba enroscada en un carrete metálico de casi un metro de diámetro, y los soportes iban en una caja que parecía un ataúd. ¿Dónde llevarlo todo?

Yo tenía entonces un Panda azul celeste, pequeño y barato. Me ofrecí para usarlo de transporte adicional, básicamente por dos razones. La primera, por ayudar. Siempre me ha gustado ayudar, sobre todo si es haciendo algo que me gusta hacer. Y en segundo lugar, por conducir.

¡Ah, conducir! Desde que aprendí a hacerlo, conducir ha sido una de mis pasiones. He podido conducir durante horas y horas, en un estado de ensimismamiento concentrado que me produce fatiga, pero también paz. Y en aquel tiempo, ventiañero como era, la perspectiva de conducir por media España conduciendo mi propio coche en una gira con unas superestrellas del rock era más de lo que podría haber imaginado en mis mejores sueños.

Todo el mundo respiró aliviado. Desmontamos el asiento trasero del Panda y vimos que los cables y micros cabían perfectamente. El coche iba un poco hundido por la carga, pero quién iba a preocuparse por eso, ¿verdad?

San Sebastián

El primer concierto era en el estadio de Anoeta de San Sebastián, poco más de 500 km de ruta. Michel venía de copiloto. De ese primer viaje recuerdo haber salido el viernes 25 de enero, por la mañana, y haber conducido ininterrumpidamente hasta cerca del límite provincial de Euskadi. Como eran las dos o así, paramos a comer en un bar de ruta de Lekumberri. Aquéllos eran los años de plomo en el País Vasco, y una vez sentados en el bar con nuestros bocadillos advertimos que desde otra mesa cuatro o cinco personas jóvenes nos miraban con hostil curiosidad.

Cuando salimos de allí, Michel me comentó que seguramente nos habían tomado por policías secretas, cosa insólita que sin embargo acepté con total normalidad. Con el tiempo he dejado de creer esa romántica hipótesis para aceptar la más convencional de que simplemente éramos forasteros en un pueblo pequeño. Pero en esos momentos recuerdo haber entrado en Guipúzcoa con verdadera aprensión.


Llegamos a Anoeta a media tarde, cuando ya se iba el sol. Había charcos en el tartán; parecía que hubiera llovido. Y hacía mucho frío, era pleno invierno. Guardo un buen recuerdo de nuestra actuación en Anoeta, aunque nuestro público apenas llenó un cuarto del aforo del campo. De hecho, no se ocuparon las gradas, si no recuerdo mal. La combinación del campo de fútbol y la pista de atletismo circundante era un espacio enorme, y ni siquiera Supertramp lo llenó.

El día siguiente era el único sin actuación, así que lo pasamos haciendo turismo por San Sebastián. A mediodía vimos a los miembros de Supertramp en La Concha, desde lejos, jugando un partido de fútbol en la arena. Alguno llevaba el albornoz del hotel. De hecho, los componentes del grupo viajaban en avión y se alojaban en el hotel hasta la hora de la prueba de sonido. Los técnicos pasaban una hora o más ajustándolo todo y, cuando ya estaba perfecto, llegaban las estrellas a comprobar si todo era de su gusto. Tocaban unos minutos, básicamente comprobando qué tal era el retorno de la señal en el escenario, y se volvían a ir al hotel hasta la noche. Nada que ver con nuestras prisas, puesto que apenas nos quedaba media hora para nuestra prueba antes de que se abrieran las puertas del recinto.

La tarde en San Sebastián empezó a complicarse cuando descubrimos el barrio de pescadores y todas aquellas tascas de pinchos y zuritos. Íbamos los cinco del grupo y Jaume Sitges, el técnico de sonido, que era a su vez bajista de la Orquesta Platería. Poco a poco nos fuimos dispersando. Pep y Jaume fueron los primeros en irse por su cuenta. Luego Rosa y Michel se fueron al hotel a descansar.

Salva y yo recorrimos todas las tabernas del barrio viejo. Me maravilló su perfecta disposición arquitectónica, puesto que salíamos de una y la trayectoria parabólica dictada por nuestro grado etílico nos llevaba directamente a la puerta de la siguiente, con una seguridad pasmosa.

Llegamos de madrugada al hotel. Michel, que hacía las veces de mánager, estaba de los nervios, porque no sabía nada de nosotros; era una época sin teléfonos móviles y no cabía más que fijar puntos de encuentro y esperar. La gente joven se extrañará de esto. Pero las cosas eran así entonces.

Compartíamos una habitación triple con Rosa, y ella estaba en su cama, asustada, casi a punto de llorar. Sentí una familiar culpabilidad, pero no me duró mucho, porque me dormí enseguida, mientras la habitación giraba lentamente a mi alrededor.

Bilbao

Al día siguiente, resacosos y cansados, nos fuimos levantando cada uno a nuestro ritmo. El siguiente destino era Bilbao, y puesto que está a poca distancia de San Sebastián, no fue complicado volver a recomponer la disciplina de la banda.

El antiguo Palacio de Deportes de Bilbao estaba en un lugar bastante feo, haciendo honor a la fama de ciudad gris que Bilbao tenía en aquellos tiempos, todavía lejos de la remodelación de la ría y la construcción de diversos edificios singulares. Sin embargo, su interior era muy acogedor, comparado con Anoeta. Para empezar, era un recinto cerrado. Y la gente de Bilbao fue muy amable con nosotros. De hecho, fue la última actuación agradable que tuvimos.


Acabado el concierto, recuerdo estar esperando junto a mi coche en una calle ancha que nos llevaría a la autopista de Vitoria. Era oscuro, hacía frío. Jaume Sitges era mi copiloto y esperaba en el coche. Yo intentaba ver la furgoneta de mis compañeros entre el tráfico, que se retrasaba inexplicablemente. Empezaba a chispear cuando, por fin, apareció la furgoneta. Me subí al coche y nos pusimos en marcha, yo iba delante y vigilaba por el retrovisor los faros del otro vehículo. Era noche cerrada y nos quedaban 600 kilómetros hasta Madrid.

Subiendo el puerto de Vitoria, la furgoneta pinchó y tuvo que detenerse. Yo no me di cuenta, porque seguía viendo los faros por el retrovisor. Chispeaba, neviscaba. Los cristales estaban empañados. En un momento dado, Jaume me comentó que creía que lo que nos seguía no era la furgoneta, así que reduje la velocidad y la dejé pasar. Y, efectivamente, no era la furgoneta, sino un autocar, lo que nos adelantó. Desconcertado, seguí unos kilómetros más y me detuve en una gasolinera, esperando a verles venir. Pero no venían, y al final empezamos a dudar de si no nos habrían adelantado sin que nos diéramos cuenta. Entonces decidimos seguir solos hasta Madrid, puesto que teníamos allí un hotel en el que reunirnos.

La ruta por la meseta fue azarosa. Según avanzábamos por fantasmagóricos páramos, la soledad resultaba cada vez más opresiva. Para acabar de aderezarlo, el piloto de la gasolina empezó a parpadear. Un poco inquieto, empecé a buscar indicaciones de gasolineras. Me detuve en la primera, solo para comprobar que estaba desierta. Un rótulo indicaba que desde las 11 de la noche a las 7 de la mañana no había servicio. La situación se complicaba. Otro rótulo decía que la siguiente gasolinera estaba a unos veinte kilómetros. Empecé a conducir en plan conservador, por si acaso.

Esa noche llegó a ser angustiosa. El fenómeno de las gasolineras cerradas se repitió dos o tres veces. En unas ocasiones la distancia a la siguiente era de veinte kilómetros, en otras de cuarenta: el caso es que estaba cruzando la lúgubre meseta prácticamente sin gasolina. De hecho, empecé a pensar que quizás sería una buena idea detenerse en una gasolinera hasta las siete, en vez de arriesgarse a quedarse tirado en mitad del páramo.

Madrid

Afortunadamente no pasó lo peor. Cuando apenas empezaba a clarear encontramos la — al parecer — única gasolinera en toda Castilla que abría las venticuatro horas. A partir de ahí, ya no estuve preocupado por la gasolina, pero a cambio me sentí repentinamente muy cansado. A las siete de la mañana llegamos al hotel en Madrid, sin tener noticias del otro grupo, y decidimos alojarnos y dormir un rato, a pesar de que a las diez teníamos que levantarnos para ir a la televisión.

El plan del día era abrumador. A las once teníamos que estar en los estudios de Televisión Española para hacer las pruebas de sonido, porque íbamos a tocar en directo un par de canciones en el programa La Tarde, un magacín que pilotaba la actriz María Casanovas. El programa era a las cuatro, y a las seis había que estar en el Palacio de Deportes de Madrid para la prueba de sonido. El concierto era a las diez, y a las doce o así teníamos que salir de nuevo rumbo a Barcelona, para el último concierto de la minigira.

Yo era vagamente consciente del riesgo de pasar dos noches en ruta, pero tenía ventipocos años y la verdad es que todo me parecía una gran aventura.

A las diez nos despertó Michel, que nos contó brevemente lo que había pasado con la furgoneta. Subiendo el puerto que hay antes de Vitoria tuvieron un pinchazo, y como estaban en medio de ninguna parte, tuvieron que ir a pie hasta la gasolinera anterior para pedir auxilio. Entre la caminata y la reparación se demoraron tanto que llegaron a Madrid ya de día. Claro que ellos pudieron dormir, porque el que conducía era el chófer de la furgoneta, que a su vez nos ayudaba en el montaje y desmontaje de los equipos.


En los estudios de TVE todo fue un tanto aséptico. Montamos el equipo, nos invitaron a comer en los comedores del centro y nos presentaron a María Casanova. Nos dijeron qué teníamos que hacer, cuándo entraba nuestro directo, y nos advirtieron muy seriamente que no hiciéramos ningún ruido ni antes ni después. Así que estábamos allí casi aguantando la respiración.

Puesto que no había público, la sensación fue extraña. Acabamos de tocar y se hizo el silencio. Quedaba otra canción. Yo quise afinar la cuerda aguda, sin hacer ruido, pero se escapó un tzing. Casi se me hiela el pulso. María hizo un comentario distendido para salvar el momento, pero yo vi claramente la cara de disgusto del regidor. Ya no volví a respirar hasta que cerró el programa.


Con bastante mal cuerpo por el rato en televisión y por la noche sin dormir, fui al Palacio de Deportes. La experiencia fue igual que en Bilbao. Supertramp hizo su prueba y nos dejó apenas el tiempo justo para la nuestra. Esa noche empezamos a tocar y ya vimos que el público no iba a ser muy receptivo. Silbidos y gritos demostraban que no éramos bienvenidos. No ayudó mucho que en televisión fuéramos presentados como un grupo catalán. La combinación de nuestro origen con el hecho de ser teloneros y por tanto estar ocupando un tiempo que la gente preferiría que fuera ocupado por el grupo principal hizo que en vez de aplausos, como en Bilbao, sufriéramos un crudo abucheo.

El efecto sobre nosotros fue demoledor. Salva empezó a acelerar los tiempos a la batería, deseando inconscientemente acabar cuanto antes con la horrible experiencia. Si Salva corría, íbamos todos detrás como un rebaño; la cosa no tenía arreglo. Yo le miraba implorante, pero él no me veía, iba en automático. Y para mí era terrible, ya que mis partes de guitarra tenían trozos rítmicos muy rápidos que no conseguía ejecutar en aquel modo reprise.

Nuestra actuación de cuarenta minutos quedó reducida a apenas veinticinco, pero ni siquiera esa reducción sirvió para que el público de Madrid fuera un poco compasivo. Nos llevamos todos los abucheos del mundo y salimos de allí con la alegría del que ha escapado del infierno. Lo único que ganamos fue una foto que Scott Page, el saxofonista de apoyo de Supertramp, nos consiguió con la banda. Scott era un tío encantador, todo lo contrario que los inaccesibles Rick Davies y John Helliwell, que parecían estrellas endiosadas y demasiado pagadas de sí mismos. Quizás como castigo final, la foto quedó medio desenfocada.

El incidente

Desmontamos y empacamos a toda prisa, entre aliviados y corridos. Y nos quedaban otros 600 kilómetros nocturnos hasta Barcelona. En esta ocasión fue Pep Sala el que se vino de copiloto conmigo. No recuerdo nada más que una cosa de esa noche, que justifica en cierto modo haber escrito todo este relato, como veréis.

Nada más salir de Madrid, la borrasca que nos había acompañado la noche anterior viniendo de Bilbao se recrudeció y empezó a nevar de nuevo. En la calzada empezaba a formarse una ligera capa gris, solo marcada por las rodaduras de algún coche precedente. Yo debía de estar muy cansado.

Sin extrañeza alguna, me encontré de pronto en un paisaje de nubes. Unas nubes blancas y algodonosas sobre un fondo azul, que iban desplazándose hacia arriba lentamente, como si estuviera yo cayendo sin apenas peso. Era una sensación de paz inefable.


De pronto siento un clic, como al accionar un interruptor eléctrico de pared, y todo se queda a oscuras, salvo el haz de las luces de mi coche. Estoy desorientado, así que me esfuerzo por saber dónde estoy, y lo primero que me llama la atención es la raya del arcén, que es discontinua. Eso es raro. A la izquierda, la línea de la mediana es continua, y por fin entiendo: estoy circulando por la izquierda, a punto de salirme de la carretera. A la suerte de haber despertado a tiempo debo añadir la de que no circule nadie por esas carreteras de Soria de madrugada.


Vi que Pep no se había despertado. Mejor para él. Pero yo ya sabía que había estado dormido, y a partir de ese momento fui consciente del sueño brutal que tenía. Se me cerraban los ojos tan bruscamente que no coincidía con la pérdida de consciencia que lleva al sueño. De hecho, estaba despierto mientras sentía que me dormía. Era extraño.

La nieve empezaba a ser preocupante. No llevaba cadenas, y si el temporal seguía seguramente tendría que detenerme. Era posible morirse de frío, pero no me importaba, realmente. Lo que me preocupaba era dormirme. Me descalcé para sentir el frío en los pies, abrí la ventana. Sacaba la cabeza para que me azotase la nieve. Seguí luchando contra la fatiga durante unos cincuenta kilómetros más, hasta que llegamos a la confluencia con la autopista de Zaragoza.

La nieve había quedado atrás según bajábamos al valle, pero conducir por autopista es tan soporífero que comprendí que no podía seguir. Desperté a Pep y le pedí que se hiciera cargo. Nada más sentarme en el asiento del acompañante, me quedé dormido como un tronco. Y ya no desperté hasta Barcelona.

Barcelona

Cuando llegamos, nos enteramos de que la actuación de esa noche se había aplazado. Uno de los camiones de Supertramp se había quedado atravesado en la misma carretera nevada que habíamos transitado la noche anterior, cabe suponer que por el exceso de nieve, y no había llegado a tiempo a Barcelona. Lo celebré en mi fuero interno, porque sólo quería dormir. Me fui a mi casa, y el resto de los miembros de grupo hizo lo mismo. Pep se marchó a Vic. Yo pasé diecisiete horas seguidas durmiendo de un tirón.

Al día siguiente me encontraba mucho mejor. Fui al Palacio de los Deportes y me reencontré con la banda. Bueno, con casi toda la banda: faltaba Pep. Según iba acercándose la hora de la prueba de sonido, nos íbamos poniendo nerviosos. Llamos a su casa en Vic, pero su madre nos dijo que había salido, que venía en tren. De hecho, nos dijo también que estaba nevando fuerte, lo que empezó a pintar un cuadro inquietante.

No hubo suerte con Pep. No vino, y tuvimos que improvisar un trío, a lo Police. Jaume Sitges intentó arreglar algo el desaguisado metiendo mi guitarra por la mitad de los canales de la mesa de mezclas, con la esperanza de que el sonido, procesado con distintos efectos, ecos, reverberaciones y demás, supliera los fondos armónicos que el teclado de Pep proporcionaba. Era complicado. Pep solía tocar la armonía y yo figuraciones rítmicas por encima. Sin armonía, mis adornos no tenían sentido. Tuve que improvisar una guitarra rítmica sencilla, y aun así cuando dejaba de tocar sentía que un ominoso silencio se adueñaba del recinto. Lo pasamos mal otra vez.


Me falta explicar qué ocurrió con Pep. Lo supe unos días después, cuando pude hablar otra vez con él. Como nos había dicho su madre, salió en tren por la mañana, con su teclado sintetizador. La nevada hizo que el tren se detuviera en el camino, cerca de Tona. Quedó inmovilizado, con todo el pasaje dentro. El interventor pidió un voluntario para ir a la estación de Vic a pedir ayuda, y Pep se ofreció. Pep es un tipo robusto, y supongo que por eso le comisionaron. Se puso el teclado al hombro y echó a caminar, con la nieve por las rodillas. Viendo que la situación era más complicada de lo que pensaba, se detuvo en una masía próxima para dejar allí el teclado, y continuó caminando por las vías en mitad de la ventisca.

Cuando Pep llegó a la estación de Vic, estaba medio congelado. Le metieron en una bañera de agua caliente y montaron el dispositivo de rescate. Él ya no se planteó bajar a Barcelona, visto el panorama. Como no tenía forma de ponerse en contacto con nosotros, no pudo avisarnos. De todos modos, aunque nos hubiera avisado no habría cambiado nada: habríamos tenido que tocar sin él, de todas formas.

El azar

De todas las peripecias que pasamos en aquella minigira, lo más impactante para mí es aquel sueño de nubes mientras atravesaba Soria. Pep dió con la tecla del éxito al año siguiente, formando el grupo Sau con Carles Sabater. Sau fue uno de los grupos principales del rock catalán de los ’90. Y crearon Boig per tu, su canción más popular, que ha sido un himno para una generación entera de catalanes, y que han interpretado también Shakira y Luz Casal, esta última en castellano. Por cierto, en los créditos de la versión de Luz Casal aparezco como coadaptador. Las vueltas que da la vida.

Sabiendo todo esto, comprenderéis que me de cierto vértigo pensar que, si no me hubiera despertado de aquel hermoso sueño de nubes, posiblemente todo habría sido distinto. Habríamos tenido un accidente. Igual habríamos muerto. Yo muerto no habría podido contaros todo esto. Y Pep Sala no habría formado Sau, ni escrito el Boig per tu, con lo que una generación de catalanes se habría quedado sin banda sonora y sin himno generacional.

Así que, ya sabéis, fans del rock catalán. Me debéis una.

A mi amiga de la O.N.G.

Una medíco de MSF (foto El Mundo)
Una médico de MSF (foto El Mundo)

No encuentro a nadie más digno que tú
que te has ocupado de los desahuciados
sin otra herramienta que el cariño humano.

Admiro tu esfuerzo, sin fe y sin premio.
Tú ves que no hay meta al final del camino,
mas sigues tendiendo a todos tu mano

Tú no imaginas, oh, cómo te admiro
hasta el punto de mirarme en ti

Y preguntarme,
y decidir

que nada me da más miedo
que no servir para nada,

verme extinguido en días y noches,
verme olvidado de seres queridos.
Viejo viajero, oropel de impotencia.

Yo, evitando al espejo sardónico
que hurga en mi alma aunque no le permito
ironizar con su cruda insolencia

¡Cómo te admiro, querida!
¡Hoy, que te tengo tan lejos!

Tú que igualas, o superas, mis talentos,
y que llevas, generosa, un sobrio traje
de servir
(a quien no te lo pidió)

Tú que sientes en tu alma que envejeces
y que ellos, los muchachos…
Ellos no

Cervantes y la maldición de la bala

La batalla de Lepanto
La batalla de Lepanto (cuadro de Paolo Veronese)

El discurso sobre las letras y las armas es una larga perorata que Don Quijote pronuncia durante la cena que comparten todos los personajes que hay en ese momento en la venta. Ocupa el final del capítulo XXXVII y buena parte del XXXVIII. En él Don Quijote compara los méritos de la carrera de armas con la de las letras, expresando con vehemencia y aparato retórico su convicción de ser más alta y digna la primera que la segunda.

Para Don Quijote, el servicio de las armas no es solo una cuestión de fuerza, sino también de entendimiento, de voluntad y de valor. El hombre de armas tiene el deber de preservar la paz, requisito primero para que los hombres de letras puedan aplicarse a impartir justicia. Los estudiantes, con ser pobres y pasar hambre, siempre tienen un sitio en el que cobijarse; y, al final de sus desvelos, les espera un cargo desde el cual resarcirse de sus penurias. Al soldado, en cambio, sufriendo un rigor mayor, que implica frío, miedo y noches al raso, rara vez tiene otro premio que una herida o la muerte. Y, en el caso raro de la victoria, su premio se ha de detraer del de su señor y ser repartido con sus compañeros de armas, lo que hace esa compensación rara y escasa.

Cervantes pone en boca de Don Quijote una ardiente defensa del arte de las armas, tan apasionada que en algún momento deja de parecer la voz del personaje para convertirse inequívocamente en la del que fue un día militar. Así, explica con detalle de experto tanto la tarea del contraminado de los túneles de un enemigo que intenta vencer una muralla, con el terror de volar por los aires incluido, como la maniobra de abordaje en una batalla naval, todavía más extraña para Don Quijote. Este último escenario por fuerza habría de ser completamente ajeno al hidalgo de la Mancha, experto solo en los lances imaginarios de los libros de caballería.

Pero ése no es el caso de Miguel de Cervantes, curtido soldado que además acreditó un valiente comportamiento en la batalla de Lepanto, combatiendo a pesar de estar enfermo de calenturas y siendo herido en el pecho y la mano. Esta descripción que hace Don Quijote del abordaje no parece sino un recuerdo muy querido del propio Cervantes, que se entrega a su ensoñación a través de la voz de su personaje:

Y si éste parece pequeño peligro, veamos si le iguala o hace ventajas el de
embestirse dos galeras por las proas en mitad del mar espacioso, las cuales
enclavijadas y trabadas, no le queda al soldado más espacio del que concede
dos pies de tabla del espolón; y, con todo esto, viendo que tiene delante
de sí tantos ministros de la muerte que le amenazan cuantos cañones de
artillería se asestan de la parte contraria, que no distan de su cuerpo una
lanza, y viendo que al primer descuido de los pies iría a visitar los
profundos senos de Neptuno; y, con todo esto, con intrépido corazón,
llevado de la honra que le incita, se pone a ser blanco de tanta
arcabucería, y procura pasar por tan estrecho paso al bajel contrario.

No parece aquí que hable el lunático caballero, sino el nostálgico soldado, al que le empuja el indisimulado orgullo de haber estado presente en la mayor batalla naval de todos los tiempos. La pasión de Cervantes es tanta que descuida incluso la redacción: repite dos veces la construcción “y con todo esto”, como si hubiera escrito esta parte de corrido, con el encendido ánimo del que recuerda los momentos más brillantes de su biografía. La repentina aparición del hombre real que era Cervantes en el trabajado artefacto de la ficción que es El Quijote es para mí una muestra de que este asunto del mayor mérito del ejercicio de las armas era algo más que una convicción: era una cuestión de honor, algo muy personal dentro del alma de Cervantes. Tanto es así, que el final del discurso de Don Quijote deriva hacia un tema que necesariamente tuvo que mortificar al Cervantes soldado: la existencia de la reciente tecnología del arma de fuego, que siega por igual la vida del hombre de mérito que la del cobarde. Aquí Don Quijote maldice esas nuevas armas, que permiten que un miserable arrebate la vida al más gallardo de los caballeros:

Bien hayan aquellos
benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos
endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí
que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención,
con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un
valeroso caballero, y que, sin saber cómo o por dónde, en la mitad del
coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una
desmandada bala, disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor
que hizo el fuego al disparar de la maldita máquina, y corta y acaba en un
instante los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos siglos.

Es fácil imaginar a Cervantes, el soldado, haciendo suyas esas palabras y resintiéndolas en el peso muerto de la mano que le quedó inútil a causa de un arcabuzazo. Aquella maldita bala que le seccionó un nervio y le impidió volver a usar la mano durante el resto de su vida. La impotencia de ver que ni el más valiente pecho es inmune a la desmandada bala, de la que no se sabe ni cómo ni por donde viene, mortifica profundamente al soldado y a su sentido del honor.

Después de esta disgresión del personaje, vuelve el Don Quijote que nos resulta familiar: aunque lamenta haberse hecho caballero andante en esta época en que puede morir por la furia de la pólvora y el plomo, reconoce que su misión, aunque más difícil, tiene un lado bueno:

Pero haga el
cielo lo que fuere servido, que tanto seré más estimado, si salgo con lo
que pretendo, cuanto a mayores peligros me he puesto que se pusieron los
caballeros andantes de los pasados siglos.

Es decir, que su mérito de caballero, si es que tiene el premio de la victoria, le hará mayor que a sus predecesores, que no tuvieron que enfrentarse a esa nueva tecnología de muerte que son las armas de fuego. Aquí tenemos de nuevo al animoso caballero, dispuesto a continuar su misión sin acobardarse por las renovadas dificultades que su época le presenta.

Me encanta Don Quijote.

El curioso impertinente: una novela dentro de El Quijote

La novelita de El curioso impertinente aparece en el capítulo XXXIII del primer volumen de El Quijote y se extiende a lo largo de tres capítulos. Se trata de un libro que tiene el ventero de la venta donde se alojan Don Quijote y toda su compañía en el viaje de regreso de Sierra Morena, y que lee el cura a sus compañeros antes de irse a dormir, por tal de tener algo de solaz y sosiego después de un largo día de aventuras. Según leo en las notas de mi edición, es el único relato de El Quijote que no tiene algún tipo de vínculo argumental con el relato principal, sino que es completamente independiente.

FlorenciaLa historia transcurre en Florencia y trata de dos buenos amigos, Anselmo y Lotario, el primero de los cuales se casa con Camila, una buena muchacha de la ciudad. Lotario trata de distanciarse un poco del nuevo matrimonio, pero Anselmo no quiere renunciar a su amistad y lo hace huésped de su casa, procurando tenerle cerca todo el tiempo posible, a pesar de la resistencia de aquél.

La enfermiza obsesión de Anselmo

Anselmo entretanto desarrolla una terrible angustia: no está seguro de la virtud de Camila (“¿qué hay que agradecer que una mujer sea buena, si nadie le dice que sea mala?”), y desea tener alguna prueba fehaciente de la misma. Y para ello, recurre a Lotario, pidiéndole que requiebre a Camila para poner a prueba su virtud, y liberarse así de su propia zozobra.

Lotario argumenta desde el sentido común contra la ocurrencia de Anselmo, haciéndole ver que de su propuesta no puede obtenerse beneficio alguno, y que es tentar a la suerte con grandes opciones de perder en el envite (“Es de vidrio la mujer;/ pero no se ha de probar/ si se puede o no quebrar,/ porque todo podría ser”). Además, Lotario le hace ver el temor de que su propia honra quedará en entredicho, al verle Camila actuar de un modo tan fuera de norma.

Anselmo no se rinde, y apelando a su profunda amistad, le pide que lo haga él, antes que tenga que pedírselo a otra persona. Y le dice que no es necesario llevar la seducción a su extremo, que basta solicitarla “tierna y fingidamente”, en la confianza de que Camila “no ha de ser tan tierna que a los primeros encuentros dé con su honestidad por tierra”. Ante la determinación de su amigo, Lotario acepta, aunque decidido a encontrar la manera de satisfacer a su amigo sin perturbar a Camila.

Lotario finge acceder y acaba enamorado

Los siguientes día Anselmo se ausenta a propósito de casa para favorecer las maniobras de Lotario. Cuando vuelve a casa, Lotario le miente: le dice que le ha hablado a Camila sobre su belleza y ella no se ha inmutado ante sus requiebros. Y así, durante varios días, Anselmo se contenta, pero un día vuelven sus dudas y le pide a Lotario que pase a la acción. Le da dinero para comprarle alhajas, y le asegura que si aún resiste a la tentación, se dará por satisfecho.

En una de sus ausencias, Anselmo se esconde en una cámara contigua y descubre que Lotario le miente acerca de sus acercamientos a Camila. Lotario se siente deshonrado al verse cogido en mentira, y le promete molesto que a partir de ese momento actuará según el gusto de Anselmo, procurando seducir a su mujer. Anselmo, para facilitar las cosas, se inventa una ausencia de ocho días, ordenando, para aflicción de la honesta Camila, que Lotario se haga cargo de la casa durante ese tiempo.

Aquí los acontecimientos se precipitan. Lotario ve todos los días a Camila, honesta, hermosa, procurando su virtud, y no puede evitar sentir un amoroso acomodo en su corazón. “El provecho [de] las muchas virtudes de Camila… redundó más en daño de los dos”. La lealtad de Lotario se derrumba ante la hermosura y bondad de Camila y la ocasión que le proporciona el ignorante marido, y así al tercer día, Lotario se expone ante Camila con todas las razones de su recién descubierto amor, poniendo a la pobre mujer en estado de sorpresa tal que escribe inmediatamente una nota a su marido, quejándose de su ausencia y mencionando, aunque de forma elíptica, el comportamiento insólito de Lotario.

Lotario insiste, Camila se rinde

Anselmo, encantado de ver su proyecto en marcha, le ordena que se quede en casa, para consternación de Camila. Ésta empieza a lamentar haberle escrito, pensando que igual Lotario “había visto en ella alguna desenvoltura que le hubiese movido a no guardalle el decoro que debía”. Entretanto Lotario, desbocado ya de amor, sigue con su cerco, haciendo titubear la firmeza de Camila, y dando al fin al traste con ella: “dio al través con el recato de Camila y vino a triunfar de lo que menos se pensaba y más deseaba”. Lotario no le dice a Camila que todo es a petición de Anselmo, temeroso de perder un amor que ya no era requiebro vano.

Cuando Anselmo regresa, Lotario le miente de nuevo, elogiando la virtud de Camila, y rogándole que abandone definitivamente sus dudas y planes. Pero Anselmo aliviado y travieso, quiere seguir con el enredo un poco más, solo por diversión, y le propone que escriba unos sonetos en alabanza de una supuesta dama de Lotario, con la idea de hacer creer a Camila que éste está enamorado en realidad de otra persona. Entretanto, Camila se disculpa ante Anselmo por haber malinterpretado la conducta de Lotario, a lo que este replica que Lotario tiene otra amada, a la que escribe versos.

Lo que Anselmo no sabe es que Camila ya ha sido advertido por Lotario, que a la sazón es su amante, de que los amores que Anselmo ha mencionado son fingidos, y que en realidad los sonetos son para ella. De esa forma, Lotario evita que Camila se desespere de celos al escucharlos durante una sobremesa. Así se da la curiosa circunstancia de que Lotario enamora a Camila, Camila se enamora de Lotario, y Anselmo sigue el cuento a ambos en la creencia de que ninguno de los dos hace lo que realmente está haciendo.

“Con esto, todos los escalones que Camila bajaba hacia el centro de su menosprecio, los subía, en la opinión de su marido, hacia la cumbre de la virtud y la buena fama”.

En esto aparece Leonela, la doncella de Camila, que también tiene un amante, y alivia los remordimientos de Camila diciéndole que no es culpa suya, que el amor actúa donde encuentra ocasión y no hay fuerza que se le resista. Además, Lotario es un buen enamorado, con virtudes que copan todo el abecedario (“Agradecido, Bueno, Caballero,…”).

La perspicaz Camila aprecia el apoyo de Leonela, pero teme que la confidencia acabe debilitando su autoridad (“los descuidos de las señoras quitan la vergüenza a las criadas”), como así acaba sucediendo. Leonela toma la confianza de meter a su mozo en la casa, y Camila no puede hacer otra cosa que transigir y rogarle que lo ocultara para que no fuera descubierto por su marido.

Lotario confiesa ante Anselmo por celos

En una de esas ocasiones, Lotario descubre al galán, y le falta tiempo para creer que Camila le es infiel (“creyó que Camila, de la misma forma que había sido fácil y ligera con él, lo era con otro”). Ciego de celosa rabia, resuelve confesar a Anselmo la verdadera historia de la seducción de Camila (“la fortaleza de Camila está ya rendida y sujeta a todo aquello que yo quisiere hacer de ella”). Le dice además que si no le ha dicho nada antes era por ver si ella se manifestaba con Anselmo para defender su virtud, pero que a la vista de su silencio ha decidido sincerarse con él. Para confirmárselo, le pide que finja otra ausencia y se esconda en una estancia contigua para comprobar por sí mismo la veracidad de sus palabras.

Tras hablar con Anselmo, Lotario se arrepiente. Podía haber vengado sus celos directamente con Camila, sin hacer pasar a Anselmo por el oprobio de su confesión. Decide contárselo todo a Camila, por ver de encontrar una forma de enderezar el entuerto. Camila, por su parte, le explica afligida su incómoda situación con Leonela y su amante. Entonces Lotario le explica lo que ha dicho a Anselmo, con lo que la pobre Camila queda espantada, pero capaz aún de inventar una estrategia con la que salvaguardar su honra.

Camila organiza una escenografía para Anselmo

Y la estrategia es montar un teatrillo con la ayuda de Leonela. Mientras Anselmo espía oculto, Camila manifiesta su arrepentimiento a Leonela, y le dice que pretende darse muerte (y matar al mismísimo Lotario) con una daga antes que ceder definitivamente a sus acometidas amorosas. Leonela sale entonces a buscar a Lotario y Camila expresa en un monólogo sus intenciones, a sabiendas de que Anselmo las escuchará. Y Anselmo, maravillado, medita si salir de su escondite antes de que llegue Lotario, no vaya a ser que las intenciones criminales de Camila lleguen a mal fin.

En esas cavilaciones está Anselmo cuando vuelve Leonela con Lotario. Camila interpreta para el oculto Anselmo una escena de reproche a las pretensiones amorosas de Lotario, mostrándose dispuesta a quitarse la vida antes que consentirlas. A esto añade su deseo de matar a Lotario en la misma acción. Hay un forcejeo y al final Camila se hiere exprofeso con la daga, mientras Lotario, admirado de su temple, hace que huye aturdido. Anselmo va al encuentro de Lotario, con el que se muestra exultante por la demostración virtuosa de su mujer, mientras aquél, sabedor del completo engaño de su amigo, es incapaz de alegrarse con él.

Desenlace trágico de la historia

La narración hace una pausa al principio del capítulo XXXV, puesto que Don Quijote ha despertado y ha acuchillado todas las botas de vino que hay en su estancia, creyendo estar en presencia del gigante del reino de Micomicón. Tras la desesperación de la ventera, y la intervención del cura, prometiendo la restitución del daño, se vuelve a lectura de la novela, que llega así a su conclusión.

La vida de Anselmo transcurre feliz, mientras Camila pone pública mala cara a Lotario para evitar toda sospecha de Anselmo acerca de su furtiva relación. Hasta que una noche Anselmo sorprende al amante de Leonela saltando de la casa, y ante la furia de Anselmo y su amenaza de matarla, promete ella decirle cosas más importantes al día siguiente. Vuelve Anselmo a su aposento y le cuenta la historia a Camila, que cae en el pánico ante la perspectiva de ser puesta en evidencia por Leonela. En cuanto Anselmo duerme, ella hace acopio de joyas y dinero y huye en busca de Lotario.

Lotario, sorprendido por el curso de los acontecimientos, no cavila más que llevar a Camila al monasterio que rije una hermana suya, y a su vez decide marchar de la ciudad. A la mañana, Leonela ha huido de su encierro, y Anselmo comprueba que ni Camila ni Lotario aparecen por lugar alguno. Abatido, decide irse al pueblo de un amigo, aquél donde se guardó para dar tiempo a Lotario de completar la seducción de Camila. En una parada del camino, un viajero que viene de Florencia le da noticias de lo ocurrido: Leonela ha confesado al gobernador que Lotario y Camila han huido juntos. Las noticias acaban de abatir a Anselmo, que llega al pueblo ya herido de muerte en su aflicción, muriendo esa misma noche de pena en la casa de su amigo.

Camila, en el convento, acaba sabiendo que Lotario ha muerto en una batalla, lo que termina por acelerar el fin de sus días, triste y melancólica.

Y así termina la novela, con todos sus protagonistas muertos.

Qué hacía yo el 23 de febrero de 1981

Hubo un tiempo en que se afirmaba rotundamente que cualquier español medio recordaría para siempre qué estaba haciendo el 23 de febrero de 1981, aquella tarde en la que el coronel Tejero entró en el Congreso de los Diputados para dar un golpe de Estado.

Y bien pudo ser cierto, pero los años desdoran toda afirmación referida al paso del tiempo, y ahora resulta que muchos de aquéllos que jamás olvidarían ya han muerto, otros muchos guardan sus recuerdos bajo un inviolable Alzheimer y, lo que es más inquietante, son aún más los que han venido al mundo mucho después de aquella efeméride.

El tiempo erosiona las nítidas líneas que definen el presente, y lo transforma en un desvaído pasado grabado en blanco y negro. Pero algunos estuvimos allí, en aquel presente de colores. Y bueno, no quería yo filosofar sobre el tiempo, sino explicar aquella tarde, o lo que queda de ella en mis recuerdos, llevado por el estéril deseo de perpetuar los colores que el tiempo aún respeta en mi memoria.

El cabo Buendía, en 985
EL cabo Buendía, en 1981

Llegué a Melilla con el año, y nada más llegar tuve la suerte de ser asignado a la Compañía de Servicios del Regimiento de Ingenieros. Esa compañía agrupa personal logístico y administrativo, y está en las antípodas de las compañías de zapadores, que pasaban los días de maniobras o asfaltando carreteras o en la cantera. Mi puesto era el de cabo buque, que era la persona que se ocupaba de la logística de los permisos para ir a la península.

Yo recibía la relación de reclutas viajeros, hacía los pasaportes (así aprendí a escribir a máquina), recolectaba el dinero para los billetes, hacía la compra y escoltaba a la tropa hasta el puerto el día de la partida.

Para evitar el roce cuartelero hice uso al máximo de mis prerrogativas de cabo buque. Tenía permiso para estar fuera del cuartel desde el toque de diana hasta una hora después de la salida del barco, que ocurría a medianoche. Así que, durante tres meses que estuve en el cargo, prácticamente no pisé el cuartel.

La tarde del 23F estaba en la biblioteca municipal de Melilla, en la plaza España. A las seis de la tarde apareció el soldado Pedro Martínez. Era mi mejor amigo en el cuartel, y había quedado con él para ir a dar una vuelta aprovechando su pase de tarde. Pedro venía con cara de preocupación. No se sentó, permaneció en pie a mi lado y sólo se inclinó un poco para decirme que teníamos orden de volver enseguida al cuartel.

Me dijo, en un tono grave, que parecía por las noticias que habían asesinado a Calvo Sotelo durante la sesión de investidura y estaba todo el mundo muy nervioso.

Mi primera impresión fue un vacío en el estómago, un amago de pánico seguido casi instantáneamente por una rápida evaluación de la situación. Recuerdo esa sensación tan extraña, como si de repente mi cerebro fuera independiente y se hubiera puesto en un modo de respuesta rápida, insólito en él, que vivía normalmente adormecido en una somnolencia existencial completamente primaria.

No tardé nada en contestar a Pedro lo que acababa de pensar, palabra por palabra: “¿En serio? Entonces nos vamos a pasar tres años más haciendo la mili. Si vamos ahora al cuartel, no sé cuando volveremos a salir, así que ve tú si quieres, pero si te preguntan di que no me has visto. Yo iré cuando cierre la biblioteca”.

Pedro se fue tras asentir, y yo me embullé aún más si cabe en la lectura del National Geographic. Creo que no volví a pensar en el asunto, tan deseoso como estaba de escapar a la realidad que acababa de conocer.

A la noche regresé al cuartel como si no supiese nada. Se notaba un poco de electricidad en el ambiente. En nuestro barracón dormían juntas la Compañía de Servicios y la Primera de Zapadores, y cada una tenía su propio teniente. El teniente Alcántara, de los Zapadores, era un hombre bruto, grande, y no ocultaba su simpatía por los golpistas. Mi mando, el teniente Jiménez, tenía la fina estampa de un señorito andaluz, cultivado y elegante, y era (mucho más discretamente) partidario del poder constitucional.

Durante la noche yo tuve mi pequeño transistor Grundig debajo de la almohada, pegado a la oreja. Sobre la una o así parecía que la cosa no iba a salir bien para los golpistas. Apagué la radio y me puse a dormir.

Por la mañana, el teniente Alcántara miraba la televisión de la compañía con claras muestras de desaprobación. No recuerdo más, el resto del tiempo volvió a ser rutina. Es distinto el tiempo de los sucesos históricos del normal de cada día.

Pocos días después, en las oficinas del cuartel el oficinista mayor, Marcel Massa, que era amigo mío, me dejó leer el informe confidencial del coronel sobre la posición de los distintos cuerpos de Melilla durante el incidente. Quedaba claro que la Legión, Artillería y dos de los tres cuerpos de Regulares se habían posicionado a favor del golpe, y nosotros los Ingenieros, los de Sanidad y el 5º de Regulares, creo, a favor del gobierno.

En resumen, que los cuerpos de combate, quitando uno, eran fervientes partidarios de los golpistas. Y los cuerpos menos militares, vamos a decirlo así, del gobierno. Si hubiéramos tenido que combatir, les habríamos durado menos de dos minutos, bromeaba yo para mí.

Y eso es todo lo que me queda en la memoria respecto de aquel día. En aquellos tiempos acababa de leer El Extranjero, de Albert Camus, y me identificaba con la sensación que tenía el protagonista de que la vida era una cosa anodina. El 23F de pronto la transformó en una aventura, más allá de sentir también una innegable inquietud acerca del porvenir.

La sensación de que en tiempos de crisis se aguzan los sentidos y el cerebro se pone a trabajar con extraña diligencia, era insólita y estimulante. Quizás eso es lo que ha dejado una huella indeleble en mi memoria, más allá del valor histórico de aquellos momentos.

El Quijote, Auster y Chaplin

chaplin_quijote_auster

Entregado como estoy a la tutela y lectura de El Quijote en su versión para Twitter, de tanto en tanto se me ocurren asociaciones de ideas entre este texto y otras obras a primera vista remotas. La lenta lectura da tiempo para reflexionar sobre esas ideas y he pensado en dejar aquí esas reflexiones para hacer un poco de sitio en este abigarrado desván que es mi cerebro.

Paul Auster fue uno de los últimos escritores que despertó en mí un intenso interés. Durante unos meses leí una tras otra todas sus novelas. Tengo cinco libros suyos en casa. Debo decir que de joven leía indiscriminadamente y a peso, pero el paso de los años ha menguado mi vitalidad lectora. Por eso agradezco mucho cuando aparece un autor que me apasiona de nuevo. Y Auster pertenece a esta categoría.

Pensé en Auster al leer el capítulo IX, donde se narra el hallazgo del manuscrito arábigo con la continuación de las aventuras de El Quijote. La secuencia desde el tuit 831 me recordó vivamente tanto el estilo dinámico de Auster como el giro argumental que tan a menudo aparece en sus novelas.

En una novela de Auster, no recuerdo cuál, el protagonista, huyendo de su pasado, llega a una ciudad del medio Oeste donde se hace amigo de un solitario empleado negro de ferrocarriles, y éste le aloja en una especie de sótano o refugio nuclear donde por una fatalidad se le cierra la trampilla de acceso, quedando sin posibilidad alguna de salir. Entretanto, el empleado negro sufre un ataque cardíaco y muere repentinamente, de modo que desaparecen de pronto todas las posibilidades de salir del sótano.

Esta situación me desazonó profundamente, porque me puse en la piel de Auster y pensé en el mal rato que debió pasar al encontrarse en semejante embarazo argumental. ¿Y el protagonista? ¿Qué iba a pasar con él?

Pero Auster no es un escritor cualquiera, y la situación cambia de pronto cuando la historia que uno seguía como real se convierte en un manuscrito inacabado en una carpeta que lleva otra persona, que se convierte en nuevo protagonista de la historia.

Barrunté que Auster tenía muy presente a El Quijote en su obra, y buscando información al respecto resultó que sí, que Auster admiraba profundamente la obra de Cervantes.

La asociación con Chaplin es más ligera. De joven veía en televisión los cortos de Charlot. Los daban los sábados por la tarde, si no recuerdo mal. Los golpes y patadas al culo y carreras de aquellas películas me vinieron a la mente al leer el capítulo XV, donde una incursión amorosa de Rocinante acaba con una monumental paliza (que no es la primera) para nuestros protagonistas.

Esa reiteración en las golpizas me trajo a la mente las locas carreras y golpes de las películas de Charlot. Volví a indagar sobre esta relación y encontré que Chaplin también admiraba la obra de Cervantes. De hecho, hay algo del irreductible idealismo de El Quijote en Charlot, empeñados ambos en mantenerse fieles a su visión del mundo a pesar de todas las adversidades.

(Origen de las fotos: Chaplin, Quijote de Orson Welles, Auster)

Vida y miseria del editor de El Quijote

Obsesión incipiente

Alguien lo dijo en un tuit: si ese tío tuitea el Quijote 24 horas al día, antes de llegar al 700 termina loco. Le expliqué un poco condescendiente que no había problema, que el proceso era automático, pero quizás fue una respuesta demasiado a la ligera. Ahora estoy preocupado, porque igual tenía algo de razón.

Siento un punto de presión incómoda con esta edición del Quijote. Me está afectando personalmente, y eso no estaba previsto. Necesito explicar algunas de las cosas que me están pasando.

Tengo marcado @elquijote1605 como usuario favorito en Twitter. Así el móvil me avisa de sus publicaciones con un sonido muy discreto, y al principio parecía muy conveniente ver pasar las horas y los tuits del Quijote al mismo tiempo. Pero con el paso de los días he llegado a una sensación de hartazgo.

El aviso inocente me pone de los nervios, de puro incansable. Es una tortura, una especie de gota malaya acústica, que empezó inocua pero ahora es poco menos que intolerable. Lo que tenía que ser la tranquilidad de saber que todo iba bien ha terminado siendo la evidencia constante de mi propia esclavitud.

Ese malestar creciente me llevó a poner el móvil en modo zumbador. Creo que fue hace dos días. He perdido algunas llamadas, pero no quiero investigar más, temo que se me desconfigure todo. Ya no oigo el sonido de antes, pero parece que poco a poco he desarrollado una sensibilidad especial, y ahora el avieso zumbido lo percibo tan claro como las trompetas del apocalipsis. Mi única paz es (sería, mejor dicho) apagar el móvil. Pero esto me parece una traición a mi edición del Quijote, y a sus lectores.

También me inquieta lo que me ocurre por la noche. Ya no me acuesto antes de la una de la madrugada, y si lo puedo hacer es porque aprovecho la momentánea tranquilidad de saber que se acaba de publicar el tuit correspondiente. Duermo bien, pero soy de sueño ligero, y a veces me despierto en plena noche y ¿a que no adivináis lo primero que me viene a la cabeza?

Pues sí, ¿estarán ahí los tuits de El Quijote?

A esas horas, mi cerebro no es el de la vigilia, y al revisar los tuits me suele hacer creer que he perdido alguno por el camino. Entonces siento un abismo. Pienso en cuánta gente se habrá sentido traicionada esperando el tuit de las tres de la madrugada. En América es plena tarde, todos se habrán dado cuenta, es horrible. Me despejo bruscamente, vuelo al portátil a comprobarlo todo. Me equivoqué. Todo está bien. Son las cinco. Pero ya no tengo sueño.

Así que duermo poco, y el zumbido del tuit me persigue como si fuera yo el protagonista de aquel cuento de Edgar Allan Poe. Y lo peor es que acabo de empezar, apenas llevo 500 tuits. Quizás aquel tuitero tenía razón. Tengo que reconducir todo esto, esta locura no me lleva a ningún lado.

Temo que sea verdad que me estoy obsesionando.


 

Lo llamaré bifurcación porque parte de la vida real y luego se separa de ella, a medida que se liberan los pánicos que a uno le invaden según la imaginación se va apoderando del cuadro. Por si alguien se preocupó, en realidad estoy muy bien. Nada de lo explicado es real. Casi nada, ciertamente. Bueno, en realidad algunas cosas sí que me están pasando un poco. Pero controlo ¿eh? Lo tengo bajo control. Confío llegar indemne al tuit 700.

 

Leer en los tiempos de Twitter

Las nuevas tecnologías son una maravilla. A veces no advertimos lo que han llegado a cambiar nuestra forma de vivir: quizás para ello hay que tener una edad y esforzarse en recordar cómo era el mundo antes. Entre las cosas que han cambiado de una forma sustancial, y hablo por experiencia, está la relación que tenemos con los libros.

Google: el buscador

El buscador de Google deja atrás los tiempos en que había que ir a la biblioteca a buscar información para hacer trabajos de geografía o historia. Ahora cualquier duda se resuelve en un instante, con solo escribir unas palabras.

¿Consecuencias? ¡Claro! Una de ellas es la banalización del conocimiento. Si todo está en Google, al alcance de un clic, el saber está bien custodiado, por lo tanto no es necesario aprender nada. Cuando necesite el peso atómico del rubidio ya lo buscaré. Una información accesible de forma instantánea se devalúa forzosamente.

Cuando la información se albergaba en incunables, en remotas abadías, la gente pasaba meses viajando para acceder a ella, y más meses aún memorizando o transcribiendo los pergaminos para conservarla. El conocimiento adquirido tendría tanto valor que perderlo sería una tragedia.

Otro efecto perverso es que todo el saber acaba valiendo lo mismo. Cuándo nació Justin Bieber. Técnicas de fusión fría. La receta del gazpacho. Todo el conocimiento tiene el mismo coste: casi cero. ¿Para qué discriminar? El conocimiento se vuelve un producto de usar y tirar. Tenemos una compulsión de saber algo, lo consultamos en Google, nos aliviamos y nos olvidamos.

Cuando el conocimiento costaba, había que valorar y discriminar qué valía la pena y qué no. En ese trabajo se utilizaba la inteligencia y se cultivaba el criterio personal. Todo eso ya pasó a la historia, de alguna manera.

Twitter: la difusión

Twitter es otra herramienta fascinante. Mucha gente entra en Twitter la primera vez y al cabo de unos días lo dejan, desconcertados. A mí me pasó. Uno espera encontrar un producto terminado, listo para consumir, y lo que uno adquiere con su cuenta de Twitter no es más que una puerta abierta a la gran plaza pública. Lo que uno obtenga dependerá de uno mismo; todo está por construir.

Twitter es esa gran plaza pública donde todo el mundo habla. Uno puede escuchar “Quijote” y Twitter tiene el poder de reunir para ti a todas las personas que están usando esa palabra ahora, en todo el mundo. Puedes seguir a varias personas y leer todo lo que escriben. Y puedes tener listas de personas interesante y Twitter te muestra cada uno de sus comentarios. Como emisor, puedes tener muchos seguidores y tu mensaje queda amplificado automáticamente para cada uno de ellos. Es verdaderamente increíble.

Pero también Twitter tiene efectos colaterales en nuestra percepción del mundo. La información es caleidoscópica, fugaz, a menudo no contrastada. No hay otro posible contraste que recuperar y consolidar uno mismo distintas fuentes y esperar que la elección no resulte ser sesgada. Por otra parte, tanta información puede producir un efecto abrumador y paralizante.

Efectos colaterales en la lectura

¿Qué me está pasando?, me pregunté hace un tiempo cuando empecé una novela y me sentí de pronto extraño. Recuerdo dos casos: el Código da Vinci, de Dan Brown, y El doctor Pasavento, de Enrique Vila-Matas.

Tanto Dan Brown como Vila-Matas, cada uno a su manera, citan y citan escritores, ciudades, sucesos, modelos de vehículos, lugares geográficos. Y en mi cabeza, cada cita exigía ser verificada, validada. ¿Existirá realmente esa iglesia románica o ese pueblo del Rosellón? ¿De verdad murió el poeta Robert … un día de Navidad, en un sanatorio suizo?

Al final, acabé por leer novelas con el buscador de Google al lado. Sorprendente.

[IUn ejemplo de ahora mismo. Recordaba la novela de Vila-Matas y la historia del poeta que murió, transtornado, un día de Navidad. Recordaba que escribía notas en trozos de papel con una letra microscópica. Pero no lograba dar con el apellido. Y ahí viene en mi socorro el buscador de Google. Escribo “poeta suizo muerto en navidad microtextos”, y enseguida tengo este enlace: http://es.wikipedia.org/wiki/Robert_Walser. Efectivamente, ahora recuerdo. Walser. Era Robert Walser. Problema solucionado.]

Leer un texto con Google al lado es como leer el Quijote en una edición anotada, intercalando en la lectura todas las notas a pie de página. Se pierde la experiencia absorbente de la lectura, y el poder de fascinación de las palabras se diluye en el exceso de información adicional.

¿Nuevas formas de escribir?

Me ha gustado siempre la literatura, tanto vista con ojos de lector como de escritor. Por eso, a menudo ojeo una novela y me encuentro reflexionando sobre qué es lo que me chirría de un texto que, por otro lado, igual está escrito de un modo impecable. Y suelo pensar cosas como estas:

  • Se debería evitar la información que uno puede recabar en Google. Si el autor puede documentarse en Google, cabe suponer que el lector también. El efecto de descubrir los mimbres de una novela (ese edificio no está en esa calle) es más desalentador que un espoiler. Lo que el escritor tejió como urdimbre de pronto se le aparece al lector como engaño. Esto hace que escribir ficción resulte complicado. A nadie le gusta sentirse objeto de engaño.
  • Si se usa información de la Red, el valor añadido no está en las propias informaciones, sino en las asociaciones que el escritor establece entre ellas. Es el único aspecto en el que la mente del creador puede brillar: en decidir la forma en que unos enlaces conectan con otros. Encontrar esa forma original de llegar desde la receta del gazpacho a las técnicas de fusión nuclear.
  • Sigue vigente explorar las vivencias de los personajes, más que sus azares mundanos. Un ejemplo claro es Ana Karenina, de Tolstoi. Esa novela genial describe el alma de la protagonista y su transformación a lo largo de su peripecia vital. No hay necesidad de recurrir a Google para intertextualizar nada.
  • La narrativa clásica, lineal y tranquila, casa mal con estos lectores familiarizados con el ritmo sincopado y breve de los mensajes de Twitter y los programas de zapping. La descripción de la alameda junto al río tendrá que adaptarse de algún modo a nuevas formas caleidoscópicas y breves. Al lector le atraerá tener un puzzle de piezas diferentes porque podrá dedicarse a construir por sí mismo la solución al enigma.

Estas son algunas de mis reflexiones sobre la literatura y las redes sociales. Cada cuál tendrá (o no) las suyas. Si me queréis hacer partícipe de las vuestras, estoy por aquí. Saludos,