Del diálogo al insulto en seis tuits

Todo comenzó con un artículo que leí en Cronica Global, un diario de corte españolista. EL artículo se titulaba “Mas, racista“, y en él se hacía hincapié en una cita que Mas hace de Macià, con una referencia a la “raza catalana inmortal”, cosa que al articulista le ponía los pelos de punta.
En mi ignorancia, releí el artículo buscando la cita, y sólo vi un recurso literario y ampuloso, un poco anticuado, quizás, propio del pobre estilo retórico de los políticos de hoy. Dudo mucho de que nadie pueda creer seriamente en las razas en estos tiempos en que los estudios del ADN desmontan todos los supremacismos (y recuerdo al respecto la reciente historia del militante del Ku-Klux-Klan al que le hacen un análisis de ADN y le descubren que tuvo ancestros negros).
Un par de días después, un retuit de una tuitera que sigo volvió a referirse al citado artículo:

Y otro más, un poco más tarde:

Los “indepes” que criticaban el HT #Nazilunya, ¿no critican la “#RaçaCatalana” de Artur Mas? ¿Se les ha comida la lengua el gato? #somescola

— R. Gaab Olivaw (@gaab75) diciembre 30, 2013

Puesto que recordaba el artículo, y la impresión que tuve de que se buscaba una relevancia que yo no encontré en él, se me ocurrió expresar mi opinión, en la línea, en mi ignorancia, de quitarle hierro al asunto :

Mi interlocutor sabía más que yo de la raza catalana, así que me previno acerca de mi desconocimiento real del tema:

Inmediatamente me puse a buscar la información que me faltaba. Los enlaces que encuentro me remiten a La Gaceta, Libertad Digital, Intereconomía: no son medios especialmente afines al catalanismo, así que no sé si considerarlos imparciales. Otro enlace hace una relación histórica de referencias sobre el catalanismo radical de corte ario o excluyente. Al menos este último enlace contiene información que uno puede evaluar, y la conclusión a la que llego es que el tema de la raza catalana es algo completamente anacrónico hoy día. Quizás soy ingenuo, además de ignorante. Bajo mi punto de vista, toda la preocupación de aquellos catalanistas del siglo pasado por la inmigración andaluza o murciana les parecería una broma si se vieran enfrentados a la demografía de los tiempos modernos:

En realidad, lo que creo es que Mas estaba haciendo un discurso para uso interno, lo cual es ciertamente una torpeza, ya que actualmente todo lo que se dice tiene una difusión inmediata y general. Quizás en el recogimiento de aquellas cuatro paredes no fuera consciente de esa circunstancia. O quizás sí, y se trata de un signo de la deliberada impunidad con que actúa el dirigente (éste, y otros).  Yo que sé. Lo que sí creo es que no es para tanto, a la luz de cómo se articula la demografía en nuestros tiempos:

Mi corresponsal insiste en algo en lo que no discrepo, pero que no me parece relevante, porque yo dejé a Macià en el siglo XX y no me interesa en modo alguno recuperarlo:

Él quiere ver el componente nazi del catalanismo, e insiste:

No puedo discutir con él, porque yo no tengo ninguna simpatía supremacista. De hecho, estoy bajo el influjo de una entrevista con Ana Stanic que he leído hace poco. Ana Stanic es una abogada eslovena relajada y sonriente que explica que con las leyes europeas en la mano, los catalanes no perderían su estatus de europeo por ser independientes. Un discurso alejado del discurso del miedo y la exclusión que hace el gobierno español. Bueno, pues su discurso amable me ha templado el ánimo y estoy en el polo opuesto de la exacerbación.

Poco después otro tuitero publica un enlace a un vídeo de una representación navideña en la que los actores introducen una de esas morcillas de actualidad que se usan a menudo en el teatro cómico para crear complicidad con el público:

A mí esos trucos baratos de los cómicos nunca me han gustado, pero entiendo que son parte del oficio. El problema es cuando se quiere crear complicidad en un tema delicado en el que hay división de opiniones. Entre el público, hay quien aplaude y hay quien silba. Un actor en esas circunstancias se debe sentir un tanto incómodo. Pero, como he dicho, estoy influido por el aire civilizado de Ana Stanic, y prefiero alegar tolerancia:

Mi nuevo interlocutor discrepa:

Le contestaré aquí lo que no pude en Twitter, por falta de espacio. Me llamó la atención el uso de la palabra politización. Es un uso peyorativo, absolutamente común, que yo mismo he utilizado muchas veces en mi vida. Pero política significa ética de la sociedad, es decir, el discernimiento de lo que es bueno o malo para todos. Nuestra cultura democrática es débil, y se nota en este hecho evidente de que la política nos parece algo completamente execrable.

Yo me he convertido recientemente. Ahora pienso que sólo la política, la buena política, puede poner solución a los problemas que la sociedad afronta. El verdadero problema es la falta de esa buena política. El nivel de nuestros representantes es lamentable, cuando no escandalosamente reprobable. El bien común es algo que las facciones despedazan como los buitres hacen con una vaca muerta. En fin, ese es un lastre que heredamos de 40 años de dictadura y de una transición donde se autoinsertaron todos los que habían vivido a la sombra de esa dictadura.

En el intervalo, mi otro interlocutor ha perdido la paciencia y resuelve expeditivamente el asunto:

No quise contestar a esto en Twitter. Aquí tampoco lo haré. Pero sí anoto que miré el perfil de mi interlocutor, y me llamó la atención que en él se defina como defensor del “discurso libre y los derechos civiles”. A veces, de la teoría a la práctica hay un mundo.

El segundo interlocutor, Fernando, añadió una reflexión:

Yo comprendo este sentimiento, y de hecho creo que es algo contra lo que luchar. Si en una democracia se tiene que temer por discrepar es que no es una democracia. Y de eso tenemos ya casi ochenta años de experiencia, entre dictadura y transición (la transición nos dotó de ciertas libertades, pero no de verdadera democracia).

A fecha de hoy, yo no soy independentista ni unionista. Estoy en la duda. De hecho, lo único que tengo claro es que quiero un buen gobierno, sin corrupción, con protección de los más débiles y limitación del poder de los más poderosos. Una administración transparente y auditable por cualquier ciudadano. Un estado con servicios sociales y educación pública que fueran el orgullo de todos. Una democracia de listas abiertas y políticos no profesionales.

Votaría por el primer iluminado que se comprometiera realmente a trabajar por todo eso, fuera independentista o no. La pena es que aún no he encontrado a nadie que encarne ese compromiso.

Luces en el túnel de Garraf.

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Hubo un tiempo en el que me gustaban las fotos movidas. No esas fotos movidas por un defecto de pulso,  con su modestia vergonzante, sino las que reivindican su condición con orgullo militante.

La necesidad de fijar el pulso para que la foto quede nítida acaba siendo intolerable, así que un día me liberé y comencé a pulsar el disparador mientras la cámara se bamboleaba de todas las maneras posibles. Fotografiar una imagen sin pretender aprehenderla es un acto de despreocupada generosidad.

Para que una foto quede orgullosamente movida se necesita poca luz. Eso hace que la exposición sea más larga y la luz tenga más tiempo para recorrer el sensor y dejar su huella caprichosa. Por eso estas fotos quedan mejor si son nocturnas. Las luces de farolas, ventanas, semáforos y coches son la cooperativa de artistas que realizarán el trabajo creativo.

Hice muchas fotos de este tipo. Los complejos arabescos son hipnóticos: los hay discontinuos, fruto de las luces de neón, y continuos, cuando la luz es incandescente. De colores, como las de los semáforos. Enfocados y desenfocados.

En esta foto iba circulando por un túnel en la autopista del Garraf. El movimiento del coche induce la perspectiva, y el pulso orgullosamente despreocupado se ocupa del trazo fino. La tonalidad clara de la parte inferior es el capó del coche, reflejando difuso la luz del alumbrado.

Me he pasado mucho tiempo contemplando los arabescos de esta foto, aliviado de no tener que encontrarles sentido.