Conchita I, rex

Lo he pensado mucho. He valorado pros y contras, y al final mi genuino interés por el bien de España ha pesado más que el riesgo de exponerse a una mofa irreflexiva por parte del publico. Así que aquí va: una lista de razones por las que habría que apoyar a Conchita Wurst como aspirante al trono de España.

Porque es de la casa de Austria.

En Catalunya la entronización de Conchita I será recibida con agrado e incluso con fervor. No se olvide que los catalanes están celebrando el tricentenario de 1714, año en que las tesis austracistas defendidas por los catalanes fueron derrotadas por las armas borbónicas. Sería un broche de oro a este año de celebraciones y reivindicaciones que un Austria sucediera al Borbón, recuperando una legitimidad monárquica bien antigua.

Cabe objetar, en plan purista, que Conchita Wurst no es un auténtico Habsburgo. A falta de análisis de ADN u otras pruebas documentales, podemos suponer que, si no es descendiente directa, algo de sangre Habsburgo debe, por lógica, tener. Los monarcas de todas las estirpes han tenido siempre una tendencia natural a sembrar su superioridad biológica entre el pueblo llano, y el caso de Conchita de Habsburgo no deberías ser excepción.

Porque tiene experiencia en labores de representación.

Nada menos objetable que el saber estar de Conchita Wurst en el ámbito de la representación pública, dado su reciente éxito en un escenario tan exigente como el Festival de Eurovisión. No es fácil triunfar en Eurovisión, y menos con una propuesta tan arriesgada como la suya. Imaginemos a Conchita I de España en el estrado de las Naciones Unidas, hipnotizando con su saber estar a líderes de todo el orbe.

A la objeción de su escaso dominio del español, cabe replicar que jamás un rey español tuvo dificultad alguna por no poder expresarse correctamente en la lengua de Cervantes. Juan Carlos I, por no ir muy lejos, tenía un acento raro cuando lo entronizaron. Y jamás se ha llevado bien con la erre. Por no mencionar a Sofía de Grecia, que con los años que lleva aquí todavía habla con un rematado deje extranjero.

Porque tiene el glamour de lady Di.

Aunque un rey con impecable terno gris o vestido de capitán general tiene un innegable interés fotográfico, no podría competir con la fantasía y elegancia natural de los modelos femeninos que Conchita I podría lucir en multitud de ocasiones públicas. La expectación creada por sus apariciones sería un impagable altavoz mediático para la marca España. El esperado reportaje de verano de Hola! o Semana, en los jardines de la Zarzuela, marcaría tendencia en la moda, y serviría para publicitar el talento de los diseñadores españoles por todo el mundo.

Porque canta muy bien.

Avalada por su éxito eurovisivo, cabe suponer que Conchita I saldría naturalmente airosa de esas situaciones enojosas en las que a veces se ve envuelta la Monarquía. Meeteduras de pata como safaris africanos, queridas secretas o chanchuchos con dudosos empresarios o jeques amigos. Esas cantadas de la monarquía serían entonadas brillantemente por la monarca, convirtiéndolas en argumentos positivos en favor del país.

En resumen, si España se empecina en tener rey, si el famoso referéndum se celebra y, como es natural, la reticente mayoría silenciosa se resiste a experimentar nuevas formas de gobierno, lo siguiente sería proponer una terna de candidatos para la corona. Y Conchita Wurst debería ser uno de ellos. Posiblemente el tercero debería ser Pablo Iglesias, aunque difícilmente estaría tan acreditado como Conchita, tal como he tratado de demostrar en estas líneas.

Twitter: modos de empleo (I)

Cuando empiezas a usar Twitter, hay tres modos básicos de empleo:

  • Información de actualidad.
  • Conectividad social.
  • Expresión artística.

Información de actualidad

Se trata de seguir a personas que publican informaciones relevantes. Una forma: seguir periodista que publican noticias de alcance. Otra forma: buscar hashtags (etiquetas, en la forma #concepto_a_buscar) de sucesos o acciones que estén sucediendo ahora. Muchos tuits contienen enlaces a fotos, vídeos (más interesantes) y artículos o blogs (de un valor incierto a priori).

Estrategia de conectividad social

Una vez se sigue a un grupo de gente, algunas personas tienen una tendencia narcisista a dejarse ver públicamente. Puede tratarse de alguien que desea publicitar una marca o un proyecto, lograr difusión para sus acciones, o simplemente hacerse famoso y monetizar esa fama. Una estrategia aquí es intervenir en hashtags que estén muy activos, por ejemplo de programas de TV, o de asuntos de mucha actualidad y relevancia. También tenemos la estrategia de contestar a tuits de cuentas muy populares. Hablo de cuentas de personas, porque las corporatvias no tienen la misma intensidad de fidelización. Estos tuiteros famosos acostumbran a marcar las contestaciones como favoritas, a modo de reconocimiento (una especie de ‘me gusta’), pero ya es más raro que retuiteen una de esas respuestas, porque el retuit es una amplificación del mensaje a toda su audiencia, cosa que al que escribió el mensaje le resulta muy interesante como promoción, pero que no aporta nada especial al tuitero famoso, aparte de competencia. Otra forma de visibilidad, aunque temporal, es estar en el lugar y momento adecuado para dar fe de un suceso o acontecimiento. El valor de la información valoriza al usuario. El único inconveniente es que una vez el suceso termina, la visibilidad por lo general acaba también.

La creatividad en Twitter

Al margen del seguimiento de la actualidad y de la estrategia para obtener relevancia social, hay otro tipo de usuarios en Twitter que publican sin pretender otra cosa que mostrar una visión personal de cualquier aspecto de la vida. Existe el que hace comentarios más o menos brillantes sobre temas de actualidad, pero también el que publica reflexiones íntimas, el que cuenta chistes y el que versifica en modo minimalista. Se exploran las posibilidades expresivas del tuit. Siempre hay un narcisismo en quien escribe tuits, porque si no existiera la posibilidad de ser leído uno escribiría en una libreta. Pero una vez asumida esa posibilidad de ser mensaje en una botella, uno puede explorar propuestas que puedan ser artísticas, biográficas, narraciones de ficción o divulgativas. En cierto modo, es como el que se autopublica.  Normalmente nadie se enterará, pero hay casos en que sí y en los que se Twitter se convierte en otra forma de obtener relevancia social. En este formato, Twitter puede usarse también como repositorio de enlaces a blogs o páginas web donde la información puede tener un formato más extenso y libre.

¿Por qué ser de izquierdas cuando es tan difícil?

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El ser humano oscila entre dos naturalezas antagónicas: el egoísmo y el altruismo.

El egoísmo es una elaboración del instinto natural de supervivencia. Si al instinto se le añade inteligencia, se obtiene egoísmo. Se es egoísta cuando se examinan las circunstancias de la vida primando la razón del propio interés. La palabra egoísmo tiene una connotación negativa, pero el concepto que describe es esencial como estrategia de supervivencia. Todo ser vivo lucha por su supervivencia, y busca afianzarla aunque para ello tenga que pasar por encima de los otros individuos. Los egoístas son por definición conservadores.

El altruismo, también presente en el ser humano, es una cualidad opuesta al egoísmo, que consiste en la inclinación a preocuparse por la supervivencia y el bienestar de nuestros semejantes. Frente a un mundo hostil, el altruismo es una estrategia que persigue aunar recursos para facilitar la supervivencia de todos. Como estrategia colaborativa es más elaborada que el simple egoísmo. En la medida que los seres humanos son capaces de renunciar a una parte de su beneficio propio en bien de un interés colectivo, el altruismo es un paso adelante en la socialización de la especie. De ahí que los progresistas sean, en última instancia, altruistas.

Las sociedades y los individuos se mueven entre estos polos antagónicos a lo largo del tiempo. La intuición nos dice que una sociedad de completo egoísmo no puede ser buena, así como no puede ser viable otra en la que nos desprendamos de todo por el bien de los otros. En la dialéctica egoísmo-altruismo debe existir algún tipo de término medio, aunque cada persona tendrá su propia sensibilidad al respecto.

El egoísmo, como impulso determinado a asegurar nuestra existencia, tiene un problema: nunca se es lo bastante fuerte como para estar seguro de nuestra posición. No basta con tener una casa, un trabajo, una seguridad material. Bajo la advocación del egoísmo, nuestros bienes están siempre amenazados por la codicia de los otros egoístas. Vemos caer a diario grandes fortunas que parecían a salvo de toda contingencia. Nunca se es lo bastante grande, por lo tanto la vida es una lucha constante para crecer y así minimizar el riesgo de ser despojado por los otros.

El altruismo, por su parte, sufre una desventaja estructural respecto del egoísmo: sus frutos no se perciben con la misma nitidez. Cuando uno puede pagarse un médico privado y ser atendido en un gabinete cómodo y personalizado, es fácil preguntarse qué necesidad hay de que existan las salas de espera abarrotadas de los hospitales públicos. Quien nada posee valora que otros dediquen parte de su patrimonio y voluntar a su cuidado; quien está a salvo considera ese menoscabo de uno mismo un absurdo.

El egoísmo es lo que alimenta lo que en política se llama para abreviar “la derecha”. Actualmente se manifiesta en el pensamiento liberal, que se resume en dejar que los individuos velen por sí mismos, puesto que éstos, guiados por el instinto de su egoísmo, sabrán proveer sus propias necesidades. Se argumenta que, como efecto colateral, se generará una riqueza que revertirá de algún modo en beneficio de la propia sociedad. Este argumento pretende tranquilizar a quien pueda sentirse amenazado, pero es una ficción: al egoísmo no le hace falta en absoluto esos argumentos morales para entrar en acción.

El altruismo es el motor de lo que en político se resume como “la izquierda”. La izquierda pretende que todos los seres humanos son iguales desde una perspectiva social. Todos necesitan comer, cobijarse, tener una seguridad en la vida. La izquierda considera injusta la desigualdad en el reparto de la riqueza, no tanto en sí misma como en el efecto que tiene dejando a muchos seres humanos sin opciones de una vida digna. Detrás de la izquierda late una cualidad, la empatía, que hace que las personas se conmuevan ante el sufrimiento ajeno. Pero el problema con la empatía es que no es una cualidad general: se tiene o no se tiene. Y hay quien no la tiene, y ante la visión de la miseria piensa que algo habrá hecho esa persona para llegar a ser tan miserable.

Ser de derechas es fácil. Cuando todo lo que se necesita es contemplar si algo es bueno para uno mismo, las decisiones son bastante más fáciles que cuando se trata de decidir si algo es bueno para la sociedad. El ámbito de decisión de una persona de derechas tiene un contorno bien definido.

Ser de izquierdas es más difícil. Decidir que algo sea bueno para todos implica acotar quiénes somos “todos”. Uno puede sentirse inclinado, incluso siendo de derechas, a un “altruismo de proximidad”, que afecte al ámbito más cercano: la familia, el círculo social. Pero el altruismo en su esencia más pura no puede aceptar la exclusión de nadie. Y sin embargo, la necesidad de atenerse a la escasez de recursos y el necesario realismo obliga a poner un límite al altruismo idealista.

Así que ser un egoísta absoluto es simple, mientras que ser un altruista absoluto es prácticamente imposible.

En política, ser de derechas es simple también. Hay quien va a forrarse, y lo dice así de claro. Otros son más sutiles y abogan por la libertad individual, en la implicita pero clara convicción de que ellos estarán en el lado de los que saben salir adelante por sí mismos y, por tanto, pertenecerán al bando de los afortunados. La última moda de la derecha es tomar al asalto el edificio de una conquista social, como es el Estado, y desmembrarlo en su propio beneficio. Así, gente que en teoría bendice la libre competencia y el desempeño individual consiguen privatizar instituciones públicas por el método de colocar gobernantes dispuestos a desmantelar el estado del bienestar. Unos gobernantes de derechas que dejan de invertir en los servicios públicos manifiestan acto seguido que tales servicios son inviables, proponiendo en consecuencia su privatización. Ya en manos de sus amigos, esas empresas le cuestan más a la sociedad, porque no solo tienen que dar el servicio sino que además deben enriquecer a sus propietarios. Ahí el dinero público que había sido escamoteado vuelve a fluir generosamente. Es una lógica perversa, pero completamente razonable e incluso brillante desde la perspectiva del egoísmo humano.

Y, por contra, ser de izquierdas es verdaderamente complicado. Ya he comentado el problema de tener que poner límites a la solidaridad, lo que obliga a concertar voluntades y conceptos antes siquiera de poder entrar en acción. Pero es que, además, el que se propone luchar por los derechos de los más desprotegidos no tiene el beneficio tangible de la satisfacción de su propio egoísmo. De hecho, una vez resulta claro que el egoísmo no puede satisfacerse, lo que queda en su lugar es la satisfacción de la vanidad personal, otro impulso indiscutible del movimiento humano. Al izquierdista le queda la satisfacción de ser el adalid de algo, el que dirige a las masas, el que sale en la foto. Es difícil dejar esa cabecera para formar parte de un cuerpo común pero en algún rincón oscuro de la organización. Pero la paradoja es que lo que más necesita una organización de izquierdas es ese tipo de aportación anónima.

Si ser de izquierdas es tan complicado, ¿por qué ser de izquierdas?

Creo que la razón más poderosa es que, abandonado al discurso y al método de la derecha, tarde o temprano la mayoría de nosotros acabará en la miseria. El egoísmo no tiene límites, como he manifestado más arriba. Y la riqueza cada vez se concentra más. Tarde o temprano todos seremos desposeídos, si no lo estamos siendo ya. Ser de derechas sin pertenecer a esa minoría que posee la mayor parte de la riqueza del país es de ilusos que creen que a la hora de la verdad estarán del lado de los ganadores.

Y la verdad es que esos ganadores van a ser muy muy pocos.

La Justicia vista como un partido de fútbol

Los legos en materia judicial tenemos que buscar analogías, metáforas y parábolas para entender qué pasa con la Justicia, ya que si nos sometemos al lenguaje arcano de la judicatura nos perdemos enseguida en su laberinto formal.

Buf. Perdón. Me ha salido una jerga pseudojurídica, qué gracia.

Lo intento de nuevo:

La gente corriente no entiende nada de lo que dicen los profesionales de la Justicia. Hablan raro, y escriben más raro aún. Así que, en un afán didáctico,  he pensado hablar de fútbol, que es algo a lo que sí llegamos todos. Quien no guste del fútbol, que piense en baloncesto, servirá igual. Empiezo:

Digan lo que digan, lo importante de un partido es ganar. Nadie se acuerda del subcampeón, por más que insista en que lo importante es participar. En España hay un equipo poderoso, el Real Corruptivo F.C., pongamos por caso. Está formado por verdaderos cracks y suele ganar la mayoría de los partidos.

Pero, con todo, hay partidos que se pierden. Y los aficionados, esto lo llevan mal. Querrían que se ganaran todos. Pero para ganar los partidos, hay que jugarlos: hay que tener un campo, un adversario, un árbitro, un reglamento. Otra cosa ya no sería fútbol. Así que, manteniendo todos esos elementos formales, se trata de buscar estrategias sutiles que obren a favor del Real Corruptivo F.C.. Veamos cómo:

  • El campo. El campo se puede convertir en un patatal, que haga imposible el juego de los mejores jugadores contrarios. Una forma de convertir la Justicia en un patatal es no darle suficientes recursos para mantener el césped impecable. Por eso los juzgados acumulan legajos en los pasillos y no tienen suficiente personal para sacar adelante su carga de trabajo. Por eso tampoco se dedica dinero a la modernización de la Justicia, ya saben, los ordenadores y todo eso.

Defensa: podemos insistir en que no hay dinero para abordar una modernización de la Justicia (pero sí para soterrar la M30)

  • El adversario. Hay equipos con jugadores muy buenos, pero que juegan en ligas muy modestas. Es un sofoco que un equipo del nivel del Real Corruptivo F.C. pueda perder un partido contra un equipillo de Tercera Regional, pero puede arreglarse esto dificultando el acceso de los equipos modestos a la Liga Grande: basta establecer unas cuotas de inscripción que les resulten inaccesibles. Eso es lo que llamaríamos Tasas Judiciales. Si para entrar en pleitos hay que pagar centenares de euros, una buena cantidad de ciudadanos no podrán defenderse de una injusticia. Además, se da el caso de que las empresas pueden deducirse las tasas, y los particulares no. Es como decir que al equipo más poderoso se le permite pagar con su mero prestigio, mientras el pobre paga a tocateja.

Defensa: con las tasas que recaudemos, mejoraremos la justicia gratuita (no hacía falta, ya era una buena idea que fuera toda gratuita anteriormente).

  • El árbitro. A los árbitros se les puede comprar, pero esto es poco sutil, porque les deja demasiado en evidencia durante el transcurso del partido. Menos evidente y sin embargo igual de efectivo es recurrir al miedo o a la ambición del juez, cualidades ambas que todo ser humano posee en alguna medida. A un árbitro se le puede insinuar que puede que éste puede ser el último partido que arbitre, o anticiparle un futuro brillante en forma de ascenso a la Champions League. En el caso de los jueces, la carrera de jueces que han arbitrado partidos especiamente difíciles ha terminado de forma abrupta. A otros se les premia su buen comportamiento mediante nombramientos al Tribunal Constitucional o al Supremo, donde rige un sistema de cuotas partidarias y un criterio de elección discrecional. (Uy, se me riza el lenguaje de nuevo. Vamos a alisarlo otra vez).

Defensa: como la Justicia es muy técnica, y se goza de su lenguaje barroco, es fácil encontrar una forma de ofuscar el discurso de forma que nadie entienda por qué se recusa a tal juez, por qué tales pruebas no son válidas, por qué este defecto de forma o esta petición fuera de plazo.

  • Los jueces de línea. Los jueces de línea, o sea los fiscales, deben ayudar al juez a impartir justicia, observando las jugadas desde otro punto de vista que al árbitro se le escapa. Se les presupone la misma imparcialidad. Pero, en este campeonato imaginario, resulta que los jueces de línea, digo los fiscales, dependen directamente del Ministerio de Justicia. Es más fácil modularlos, en caso necesario, apelando a la obediencia debida. Y aún nos queda el miedo y la ambición, como con los jueces. En el caso de partidos difíciles, como el de la Infanta o el de la Gürtel, siempre se puede recurrir a ese fuera de juego dudoso o a esa expulsión por agresión que sólo el línea pudo ver. Esta línea es prometedora, no en vano el ministro tiene el plan de que los fiscales puedan instruir una causa, en lugar de hacerlo un juez. Con esto, en última instancia, nos podríamos ahorrar el árbitro.

Defensa: los fiscales son independientes y se limitan a aplicar la legalidad. Que parezca que algunos son más defensores que fiscales es sólo por la ignorancia de los legos en la materia. Que otros miembros del ámbito judicial se hagan cruces es por puro forofismo.

  • El reglamento. Con los recursos anteriores, ya pasará pocas veces, pero puede darse el caso de que el Real Corruptivo F.C. pierda un partido porque… bueno, por mala suerte: árbitros y jueces imparciales, un equipo contrario bien organizado, un campo que estaba en mejor estado de lo habitual. Para conjurar esta posibilidad, podríamos modificar el reglamento, de modo que, por ejemplo, para un equipo el fuera de juego no existiera, y para el otro sí. Quizás en fútbol esto canta demasiado, pero ya hemos dicho que el mundo judicial es proceloso y es fácil hacer que no se entienda nada. Se trata de modificar las leyes para que gane la banca (vaya, que metáfora tan poco metafórica). Ahí están las leyes contra las energías renovables, que benefician a las eléctricas, por decir algo que se me acaba de ocurrir. O el recurso contra el decreto antidesahucio de la Junta de Andalucía. O la futura ley de Seguridad Ciudadana, que reprime al rival exageradamente si insulta o hace una entrada fuerte a los nuestros. En resumen: si las leyes molestan, se cambian y ya está.

Defensa: Legislar es complejo. Gobernar es repartir dolor. Y déjeme en paz que hoy no estoy de humor para nada.

  • El cuarto poder: O sea, los medios, la prensa. Puede que el partido haya sido un escándalo, que se haya visto que el juez y los líneas estaban comprados, que se ha expulsado a medio equipo rival por naderías, el caso es que se ganó el partido y lo único que se necesita es que la crónica esté bien redactada: que pase por alto los elementos polémicos e incidan en lo positivo. Por ejemplo, si el público abucheó al árbitro, se puede decir que hacía mucho viento. Si ganamos con un gol marcado con la mano, se puede expresar admiración por la habilidad del delantero. Tener profesionales con este don para la comunicación es una necesidad, y cuando estos profesionales necesitan el dinero para alimentar a sus churumbeles, la necesidad se vuelve virtud. Además, será  por dinero, como recordarán sonriendo los directivos del Real Corruptivo F.C.

Defensa: El partido ha sido limpio, todo el mundo lo ha visto. Lo dicen los telediarios y las ediciones de los periódicos. Quien no lo vea es un conspiranoico que no merece crédito.

Para terminar. La pregunta sería: si todo está tan amañado ¿por qué seguimos jugando estos partidos? La respuesta da un poco de repelús: porque no nos queda otro remedio. Si un día se acabara el fútbol, la vida sería de una monotonía insoportable. Y si el Real Corruptivo F.C. no encuentra oposición, ese día estará a la vuelta de la esquina.

Libro: Los padres pródigos, Sinclair Lewis, 1938

Los padres pródigosSinclair LewisEste es un libro antiguo. El ex-libris tiene fecha de 1976. La foto evidencia que el papel es ya algo más que amarillo. La letra es muy pequeña y los márgenes escasos.

Lo leí con diecisiete años, en una época en que leía compulsivamente. Leía tan absorto y ávido que a veces no estaba seguro, y al retroceder unas paginas con frecuencia confirmaba alarmado que, efectivamente, había párrafos que parecían puestos allí a posteriori.

Aquella primera vez me impresionó la originalidad de la idea, que invertía los papeles de los protagonistas de la parábola del hijo pródigo de la Biblia. En esa época me fascinaban los puntos de vista insólitos. La originalidad. Tomar una premisa absurda y desarrollarla con ingenio.

La idea de unos padres marchando del hogar, descarriados, y volviendo al cabo de un tiempo contritos y arrepentidos me tuvo que resultar chocante, porque al fin y al cabo, en aquel momento yo era más que nada hijo, y adolescente. Me pareció una broma estupenda de Sinclair Lewis.

También recuerdo haber resonado con la idea de escapar de las responsabilidades, algo que no me sorprende, siendo como era tan joven. Uno se da cuenta de que debe crecer pero a ratos el papel le queda grande.

El caso es que ayer encontré el libro por casa y decidí echarle un vistazo. Esto ya lo hice hace unos años con Ana Karenina, y me impresionó tanto que hasta escribí una canción conmemorativa.

Quiero decir, que es toda una experiencia volver, pasados los cincuenta, a repasar aquello que te impresionó entre los quince y los venticinco. Es posible que uno encuentre infumable algo que le pareció radical y brillante (El libro de los sueñosJack Kerouac, por ejemplo). Pero también puede que con la iluminación del nuevo escenario se obtengan revelaciones inesperadas.

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Cuatro cosas que aprendí leyendo a Adam Smith

Esta mañana publiqué un comentario en el blog de Esperanza Aguirre:

Con todo y admitir que la violencia de ETA es repugnante, no sé por qué pone usted tanto foco en ella, y no nos dice nada de la violencia diaria contra los desahuciados, por ejemplo. ETA hace tiempo que no mata, pero desahucios los hay a cientos cada día. Claro que detrás de estos crímenes están los bancos, el famoso mercado, que no es más que ese grupo de personas favorecidas que siguen enriqueciéndose a costa del resto de nosotros, y de muchos de los cuales es usted, con seguridad, amiga.

Es cierto que ayer me pasé la mañana siguiendo en directo la evolución del desalojo de cinco familias en Jete (Granada), y quizás estaba aún impresionado por el espectáculo. De hecho, durante el tiempo que estuve conectado hice mi pequeña aportación desde Twitter, pidiendo a varios usuarios con miles de seguidores que retuitearan el enlace a la retransmisión. Por cierto, que dos de ellos (@gerardotc y @adacolau) lo hicieron y hubo una cascada de veinte o treinta avisos en mi móvil demostrando que la difusión puede ser realmente exponencial.

Volviendo a Twitter, por la tarde volví al blog de Esperanza Aguirre. Alguien me había contestado:

¿Existe un sistema económico más eficaz que la economía de mercado?

No resulta una pregunta para contestar a la ligera. Para empezar, uno no es economista. Y, viendo cómo aciertan los economistas, quizás sea una suerte no serlo. En todo caso, parece más bien una pregunta autoafirmativa, que podría reformularse como: “Atrévete a decirme que la economía de mercado no es el sistema económico más eficaz”.

De todas formas, tengo claro que la eficacia no es el tema. No se trata de producir riqueza, sino de repartirla. Ahora pienso y no tengo la cabeza tan clara, pero en el momento de contestar lo tenía clarísimo. Me he pasado un mes dale que te pego a Adam Smith, vamos, como para no desenfundarlo ahora que me dan pie.

Defíname eficaz.

Un sistema que hace que la riqueza se concentre en unas pocas personas y la pobreza sea cada vez mayor para la inmensa mayoría es necesariamente eficaz desde el punto de vista de los primeros.

Adam Smith, supuesto padre del capitalismo, ya avisaba que el mercado funcionaría por si mismo a condición de que el estado vigilase que no hubiera “relaciones de dominación” entre las personas. O sea, que los pobres no fueran tan pobres que tuvieran que aceptar cualquier condición de los ricos, y que los ricos no fueran tan ricos como para poner en jaque el poder del Estado. De hecho, el Estado tenía el deber y la obligación de poner las “normas de juego” del mercado, y entonces sí, dejar a la “mano invisible” regular las transacciones del mismo.

Los liberales olvidaron deliberadamente lo que no les interesaba del discurso republicano de Adam Smith: dijeron que los hombres debían ser iguales ante la ley, pero que lo de ser rico o pobre venía a ser una elección personal. Jamás les pareció relevante el tema de las “relaciones de dominación”, básicamente porque a ellos les cupo la suerte de estar en el lado dominante.

Así que, resumiendo, sí: el sistema capitalista es el más eficaz, siempre que sea usted uno de los afortunados que se enriquecen gracias a él. En caso contrario, permítame la perplejidad ante la necesidad de aplaudir un sistema económico que a usted (como al resto de la mayoría) perjudica sin misericordia.

Por lo menos me quedo descansado.

Del diálogo al insulto en seis tuits

Todo comenzó con un artículo que leí en Cronica Global, un diario de corte españolista. EL artículo se titulaba “Mas, racista“, y en él se hacía hincapié en una cita que Mas hace de Macià, con una referencia a la “raza catalana inmortal”, cosa que al articulista le ponía los pelos de punta.
En mi ignorancia, releí el artículo buscando la cita, y sólo vi un recurso literario y ampuloso, un poco anticuado, quizás, propio del pobre estilo retórico de los políticos de hoy. Dudo mucho de que nadie pueda creer seriamente en las razas en estos tiempos en que los estudios del ADN desmontan todos los supremacismos (y recuerdo al respecto la reciente historia del militante del Ku-Klux-Klan al que le hacen un análisis de ADN y le descubren que tuvo ancestros negros).
Un par de días después, un retuit de una tuitera que sigo volvió a referirse al citado artículo:

Y otro más, un poco más tarde:

Los “indepes” que criticaban el HT #Nazilunya, ¿no critican la “#RaçaCatalana” de Artur Mas? ¿Se les ha comida la lengua el gato? #somescola

— R. Gaab Olivaw (@gaab75) diciembre 30, 2013

Puesto que recordaba el artículo, y la impresión que tuve de que se buscaba una relevancia que yo no encontré en él, se me ocurrió expresar mi opinión, en la línea, en mi ignorancia, de quitarle hierro al asunto :

Mi interlocutor sabía más que yo de la raza catalana, así que me previno acerca de mi desconocimiento real del tema:

Inmediatamente me puse a buscar la información que me faltaba. Los enlaces que encuentro me remiten a La Gaceta, Libertad Digital, Intereconomía: no son medios especialmente afines al catalanismo, así que no sé si considerarlos imparciales. Otro enlace hace una relación histórica de referencias sobre el catalanismo radical de corte ario o excluyente. Al menos este último enlace contiene información que uno puede evaluar, y la conclusión a la que llego es que el tema de la raza catalana es algo completamente anacrónico hoy día. Quizás soy ingenuo, además de ignorante. Bajo mi punto de vista, toda la preocupación de aquellos catalanistas del siglo pasado por la inmigración andaluza o murciana les parecería una broma si se vieran enfrentados a la demografía de los tiempos modernos:

En realidad, lo que creo es que Mas estaba haciendo un discurso para uso interno, lo cual es ciertamente una torpeza, ya que actualmente todo lo que se dice tiene una difusión inmediata y general. Quizás en el recogimiento de aquellas cuatro paredes no fuera consciente de esa circunstancia. O quizás sí, y se trata de un signo de la deliberada impunidad con que actúa el dirigente (éste, y otros).  Yo que sé. Lo que sí creo es que no es para tanto, a la luz de cómo se articula la demografía en nuestros tiempos:

Mi corresponsal insiste en algo en lo que no discrepo, pero que no me parece relevante, porque yo dejé a Macià en el siglo XX y no me interesa en modo alguno recuperarlo:

Él quiere ver el componente nazi del catalanismo, e insiste:

No puedo discutir con él, porque yo no tengo ninguna simpatía supremacista. De hecho, estoy bajo el influjo de una entrevista con Ana Stanic que he leído hace poco. Ana Stanic es una abogada eslovena relajada y sonriente que explica que con las leyes europeas en la mano, los catalanes no perderían su estatus de europeo por ser independientes. Un discurso alejado del discurso del miedo y la exclusión que hace el gobierno español. Bueno, pues su discurso amable me ha templado el ánimo y estoy en el polo opuesto de la exacerbación.

Poco después otro tuitero publica un enlace a un vídeo de una representación navideña en la que los actores introducen una de esas morcillas de actualidad que se usan a menudo en el teatro cómico para crear complicidad con el público:

A mí esos trucos baratos de los cómicos nunca me han gustado, pero entiendo que son parte del oficio. El problema es cuando se quiere crear complicidad en un tema delicado en el que hay división de opiniones. Entre el público, hay quien aplaude y hay quien silba. Un actor en esas circunstancias se debe sentir un tanto incómodo. Pero, como he dicho, estoy influido por el aire civilizado de Ana Stanic, y prefiero alegar tolerancia:

Mi nuevo interlocutor discrepa:

Le contestaré aquí lo que no pude en Twitter, por falta de espacio. Me llamó la atención el uso de la palabra politización. Es un uso peyorativo, absolutamente común, que yo mismo he utilizado muchas veces en mi vida. Pero política significa ética de la sociedad, es decir, el discernimiento de lo que es bueno o malo para todos. Nuestra cultura democrática es débil, y se nota en este hecho evidente de que la política nos parece algo completamente execrable.

Yo me he convertido recientemente. Ahora pienso que sólo la política, la buena política, puede poner solución a los problemas que la sociedad afronta. El verdadero problema es la falta de esa buena política. El nivel de nuestros representantes es lamentable, cuando no escandalosamente reprobable. El bien común es algo que las facciones despedazan como los buitres hacen con una vaca muerta. En fin, ese es un lastre que heredamos de 40 años de dictadura y de una transición donde se autoinsertaron todos los que habían vivido a la sombra de esa dictadura.

En el intervalo, mi otro interlocutor ha perdido la paciencia y resuelve expeditivamente el asunto:

No quise contestar a esto en Twitter. Aquí tampoco lo haré. Pero sí anoto que miré el perfil de mi interlocutor, y me llamó la atención que en él se defina como defensor del “discurso libre y los derechos civiles”. A veces, de la teoría a la práctica hay un mundo.

El segundo interlocutor, Fernando, añadió una reflexión:

Yo comprendo este sentimiento, y de hecho creo que es algo contra lo que luchar. Si en una democracia se tiene que temer por discrepar es que no es una democracia. Y de eso tenemos ya casi ochenta años de experiencia, entre dictadura y transición (la transición nos dotó de ciertas libertades, pero no de verdadera democracia).

A fecha de hoy, yo no soy independentista ni unionista. Estoy en la duda. De hecho, lo único que tengo claro es que quiero un buen gobierno, sin corrupción, con protección de los más débiles y limitación del poder de los más poderosos. Una administración transparente y auditable por cualquier ciudadano. Un estado con servicios sociales y educación pública que fueran el orgullo de todos. Una democracia de listas abiertas y políticos no profesionales.

Votaría por el primer iluminado que se comprometiera realmente a trabajar por todo eso, fuera independentista o no. La pena es que aún no he encontrado a nadie que encarne ese compromiso.

Luces en el túnel de Garraf.

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Hubo un tiempo en el que me gustaban las fotos movidas. No esas fotos movidas por un defecto de pulso,  con su modestia vergonzante, sino las que reivindican su condición con orgullo militante.

La necesidad de fijar el pulso para que la foto quede nítida acaba siendo intolerable, así que un día me liberé y comencé a pulsar el disparador mientras la cámara se bamboleaba de todas las maneras posibles. Fotografiar una imagen sin pretender aprehenderla es un acto de despreocupada generosidad.

Para que una foto quede orgullosamente movida se necesita poca luz. Eso hace que la exposición sea más larga y la luz tenga más tiempo para recorrer el sensor y dejar su huella caprichosa. Por eso estas fotos quedan mejor si son nocturnas. Las luces de farolas, ventanas, semáforos y coches son la cooperativa de artistas que realizarán el trabajo creativo.

Hice muchas fotos de este tipo. Los complejos arabescos son hipnóticos: los hay discontinuos, fruto de las luces de neón, y continuos, cuando la luz es incandescente. De colores, como las de los semáforos. Enfocados y desenfocados.

En esta foto iba circulando por un túnel en la autopista del Garraf. El movimiento del coche induce la perspectiva, y el pulso orgullosamente despreocupado se ocupa del trazo fino. La tonalidad clara de la parte inferior es el capó del coche, reflejando difuso la luz del alumbrado.

Me he pasado mucho tiempo contemplando los arabescos de esta foto, aliviado de no tener que encontrarles sentido.