El funeral de Laura

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Aún estaba el cura recitando el responso por Laura, antes de meterla en el nicho para siempre, cuando se levantó una ligera brisa en el cementerio. Al principio Arturo no se dio cuenta; el dolor le tenía enclaustrado. Pero la brisa arreció, y trató de arrebatar la estola al cura. Éste, al pugnar por evitarlo, interrumpió bruscamente su oración. El repentino silencio devolvió a Arturo al cementerio, y le hizo advertir la creciente agitación de las ramas de los árboles. Quizás la naturaleza había reparado bruscamente en la monstruosidad de su pérdida y se había enajenado a su vez, solidaria con su pena.

La ceremonia continuó con cierta precipitación, ya que la ligera brisa se volvía ventisca. Sin embargo, Arturo se sentía reconfortado, una vez reconocida la extraña empatía que le brindaba ese mundo esencial, que Laura tanto había amado, con su propio dolor. Ahora incluso ese dolor le parecía más liviano.

Por su parte el cura, más preocupado por conservar estola y bonete que por asegurar la recepción de Laura en el reino de los justos, despidió apresuradamente a los presentes, y Arturo, tras recibir una última tanda de pésames, empezó a caminar hacia su casa.

El vendaval le obligaba a ir inclinado, sujetando su sombrero y su gabardina. Cerró la puerta, y antes de que le ganase la tranquilidad de estar en su hogar, una idea repentina le sobresaltó. Corrió hacia el fondo del piso, advirtiendo con creciente inquietud que las cortinas de las ventanas se agitaban furiosas. Cuando llegó al despacho, vio el desastre y cerró los ojos, golpeando su coronilla contra la pared a sus espaldas.

La ventana estaba abierta. Dios. Todos los papeles que había sobre la mesa estaban revoloteando; muchos de ellos escapaban por la ventana. Y eran toda su vida: ahí estaba desparramada toda la documentación que había tenido que rescatar de estanterías y armarios para encontrar la póliza del seguro de defunción, negligentemente escondida entre hipotecas, contratos, certificados y garantías de compra. Todo, todo había volado. No tuvo fuerzas para cerrar la ventana, sólo supo dejarse resbalar apoyado en la pared hasta acurrucarse en el suelo, donde quebró su alma en sollozos.

Entretanto, los papeles volaban libres, oteando el crepúsculo, entre alegres cabriolas, ignorantes y ufanos. Las notas escolares de Laura, el resguardo de la selectividad, su título de médico, hojas de salarios, partida de nacimiento, fotografías de la boda, de los viajes a París y a México, en fin, todos los documentos y recuerdos, en feliz algarabía, disfrutaban de su libertad, tras vivir largos años de lóbrego calabozo administrativo.

La fuerza del vendaval los empujaba contra el risco que protegía la ciudad, obligándoles a elevarse y a elevarse cada vez más. Por fin, la vida de Laura, si hubiera podido ver a través de la mirada de sus papeles errantes, habría reconocido los molinos eólicos que coronaban el acantilado, y que llevaban un buen rato girando a pleno rendimiento. Hacia uno de ellos se encaminó Laura en su forma de blanca naturaleza fragmentada, y durante un rato estuvo jugando, enredada entre sus palas, antes de alejarse despreocupada, dispersándose hacia el horizonte.

En el despacho de Arturo, todo había acabado. No quedaba un solo papel en su sitio. La vida pasada había desaparecido, con la crueldad añadida de la pérdida de sus testimonios queridos. Se acabó, se acabó, musitaba. Con desgana el crepúsculo se convirtió en noche, y Arturo seguía sentado e inmóvil en la oscuridad, sin moverse del suelo. Un buen rato más tarde salió de su estupor y comprendió que no tenía sentido seguir atrapado en ese dolor insoportable. Alzó lentamente su mano y prendió la luz.

Con la luz llegó una sorpresa: volvió a recordar a Laura, de una forma inexplicablemente feliz. La vio viva y alegre, como cuando revoloteaba por el despacho, bromeando sobre los años que tardarían en pagar la hipoteca, abrazándole por detrás mientras él hacía números, trayéndole un vaso de zumo bien fresco.

Una parte de Laura, la Laura que había huido despreocupada hacia el horizonte, se había enredado en las palas del molino eólico, había subido al tiovivo de la turbina y se había deslizado por los cables eléctricos subterráneos como si fueran un inacabable tobogán acuático. A la eléctrica Laura no le había costado encontrar el camino de vuelta a su domicilio, y solo tuvo que esperar, paciente, a que Arturo le permitiera volver a entrar. Y ahora esa parte de Laura, convertida en luz, le miraba desde la bombilla, con indulgencia, tratando de animarle.

Y, por primera vez en dos días, Arturo sintió una extraña sensación de consuelo, un alivio inimaginable. Nunca olvidaría a Laura. Ella no había muerto; ella no había volado fragmentada en sus papeles. Laura viviría para siempre en sus recuerdos, y éstos solo se irían con él.

Se levantó y cerró la ventana, y en ese momento amainó el viento.

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